• DOMINGO 15
  • de marzo de 2026

Opinión

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APROXIMACIONES

Leonardo Polo y la antropología cristiana

El hombre está hecho para dar y recibir, y para mirar el futuro con optimismo, por más desolador que sea el presente.


Editor
Paola Celi Arellano

Profesora de la Facultad de Humanidades. Universidad de Piura


Polo, en su libro Filosofía y economía (2012), describe la primera diferencia entre la antropología griega y la cristiana: “Los griegos entienden que el hombre es naturaleza, pero realmente no llegan a entender que es ser personal”.

Se suele decir que Aristóteles define al hombre como un animal racional, pero esto no es exacto. Lo que este filósofo expresa es que “la racionalidad –o cualquier otra característica– se vincula con el hombre, con el sujeto humano, según el tener. El hombre es el animal que “tiene” logos o razón”. En la antropología cristiana, en cambio, esta razón es parte importante de la voluntad, así se puede afirmar que en el hombre la voluntad no es solamente deseante, sino también racional: la voluntad nos lleva al donar. “Dar sin perder, la actividad superior al equilibrio de pérdidas y ganancias: el ganar sin adquirir o el adquirir dando”, ha dicho Polo.

El hombre es un ser personal que necesita dar porque tener no le es suficiente. Este ofrecimiento requiere que alguien acepte, es decir, se necesita que haya reciprocidad amorosa. Para que alguien reciba lo que yo estoy ofreciendo se necesita del prójimo. “La noción de prójimo es una de las categorías fundamentales de la sociedad cristiana: si soy capaz de amar al otro ha de ser tal que no sea inferior a mí o privado de esa capacidad”, sostiene Leonardo Polo. De esta última idea, siguiendo a este filósofo, se desprende el concepto de igualdad. Yo doy a otro que es igual a mí, en el sentido de que es capaz de recibir y también de ofrecer: “una capacidad de amar completamente solitaria sería la tragedia absoluta”.

Otro tema de la antropología cristiana que Polo desarrolla a profundidad es la esperanza: “la virtud en la que mejor se muestra el encauzamiento de la vida cristiana”, que se vincula con el amor. La esperanza tiene cuatro dimensiones: optimismo, futuro, tarea y riesgo.

En la primera dimensión “El hombre esperanzado camina hacia lo mejor, sale del ensimismamiento y se pone en tarea”. La insatisfacción, que nace del convencimiento de que el futuro puede ser mejor, lo mueve a la acción. Está constantemente inconforme porque nunca se reduce al presente, y esa inconformidad es inquietud, no intranquilidad ni agitación.

Si el hombre no cree que ese presente pueda mejorar, entonces cae en el conformismo, que es una versión falsa de la esperanza: “hay lo que hay; manda el que manda, y no se puede porque no se puede”.

La segunda dimensión de la esperanza es el futuro. ¿Hacia dónde nos movemos si no hay futuro? Simplemente, sería imposible actuar sin creernos la posibilidad de estar mejor. Para hacer de este futuro una realidad, cada ser humano tiene una tarea; es decir, la esperanza exige que yo esté involucrado. Si el hombre no se quiere involucrar, si no quiere actuar, entonces se cae en la utopía, que también es una versión falsa de la esperanza: “los tiempos son malos: no hay nada que hacer –en esto dice lo mismo que el conformista–, pero lo mejor vendrá”.

Para no caer en la utopía, el hombre se encarga de su tarea. “La esperanza implica una tarea que me compromete íntimamente y, por consiguiente, tiene el carácter de un deber: tengo que mejorar. Seré ese futuro si me hago mejor”.

La cuarta dimensión de la esperanza es el riesgo. “Sin riesgo no hay novedad, el riesgo es la garantía peculiar del dar, es decir, de que el tener no es lo más alto”. El futuro es riesgoso porque los recursos de que dispongo hoy no son suficientes; pero es esencial porque sin él no existe la esperanza.

Este breve recorrido por la antropología cristiana nos enseña que el antropocentrismo, el egoísmo y la desesperanza, tan imperantes en la actualidad, son totalmente contrarios a nuestra naturaleza y a nuestro ser personal. El hombre está hecho para dar y recibir, y para mirar el futuro con optimismo, por más desolador que sea el presente.