• SÁBADO 6
  • de junio de 2026

Opinión

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Reflexiones

La difícil jubilación del docente universitario


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario


Quién, salvo que tenga asegurados ingentes recursos, querría irse del sistema de educación superior sabiendo que lo que sigue es el despeñadero financiero. Se necesita de esa remuneración para sobrevivir y, claro, sería un desatino mayúsculo que se retiren hacia la inestabilidad programada por sí mismos.

Sin embargo, ello ha generado un nudo intrincado que tiene factores sociales y, claro, en el orden del necesario cambio de paradigmas que trae imperativamente todo recambio. Por supuesto, ello no se resuelve fácilmente. El hecho de que nuestros adultos mayores se queden el mayor tiempo posible en la enseñanza tiene como efecto que la renovación docente se vuelva una excepción y no, como debería ser, en una constante oportunidad para dar nuevos aires a las instituciones. La pirámide etárea se invierte. Cada vez un grupo creciente de maestros se resiste a dejar las aulas, ya que el modelo enredado y asimétrico no ha planificado la restitución imperativa de los recursos humanos. Es decir, nuestras universidades están envejeciendo a velocidades impresionantes por la propia naturaleza del círculo de la vida que la ha sobrepasado y no se les da una pensión honorable a los que se jubilaron

Una posibilidad que permitirá la apertura mínima a que se reactive el flujo natural de recambio es la recién aprobada CTS. Una espera de reconocimiento tantos años perseguido que ahora, por fin, como una acción de justicia y equilibrio laboral, pueden apelar los que se desvinculan de las universidades. Según reza la normativa, le corresponde un sueldo por cada año trabajado desde su nombramiento como catedrático universitario. Cuando menos, esto es una alternativa para que los colegas tengan fondos al salir.

Pero ello no resuelve que las pensiones sean insuficientes, asunto que merece una pronta resolución en la que los maestros de las universidades públicas, tantas veces alabados y reconocidos líricamente, tengan por fin una salida decente, honrosa, a los 70 años y tomen los descansos que son largamente merecidos. Esto sigue siendo una promesa incumplida en un país de todas las promesas.