Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Vamos a plantear una premisa incorrectamente política. Pero en una situación global de exageraciones y ocultamientos, tal vez un enfoque distinto puede sugerir decisiones más basadas en datos que en imaginarios deseos o buena voluntad. Es que a la par, como sucede con muchas de las disciplinas vinculadas al conocimiento, en particular de las humanidades y las ciencias sociales, el anhelo de un mundo mejor acalla los matices y claroscuros de las áreas a las cuales dedicamos nuestras vidas.
Sin embargo, la realidad, una vez más, suele superar nuestras indulgentes aspiraciones. En el momento juvenil de las orientaciones vocacionales se combinan los talentos descubiertos con la aspiración de un mundo laboral factible. En esa tensión a veces gana el futuro incierto profesional y, el estudiante en ciernes, asume que adquirirá en el camino universitario las competencias suficientes para colocarse en una posición en la que pueda aportar a la sociedad y, a la vez, pueda recibir una contraprestación por ello. Es lo lógico y lo esperable. Pero ello no sucede.
Además de la dificultad en sí misma de haber elegido unas de las opciones cuya sostenibilidad suele verse constantemente observada, lo óptimo y esperable es entrar en un santuario del conocimiento. Un lugar que le dé los elementos, el ambiente, los insumos, los recursos académicos, en fin, un lugar para desplegar el talento. El esfuerzo por elegir filosofía o carreras afines tiene un valor ético y epistémico suficiente en lugares en los que el pensamiento crítico es desplazado.
Pero prontamente se descubre, tristemente, la inmensa fractura. Salvo contadas excepciones, más bien se revela, en la mayoría de los casos, un lugar hasta contraproducente para la vida académica. Una normalización perversa de la precariedad. Así tenemos: ausencia de bibliotecas actualizadas, mallas curriculares desfasadas, metodologías inconsistentes con los niveles de requerimientos actuales, inmovilidad internacional, politización paralizante, enfoques teóricos arcaicos, sin renovación docente, pequeños feudos que se enfrentan en guerras de baja intensidad académica, desconexión con los grupos de interés, despreocupación irresponsable por el porvenir laboral de los estudiantes, baja producción escritural, aislamiento de la dinámica y los requerimientos sociales, perspectivas eurocéntricas al borde del fanatismo, desprecio sistemáticos por las epistemologías locales, y se tocarán con algunos predicadores y adoctrinadores antes que filósofos.
No hay sosiego. Hay un lado de la luna que no solemos contar o ver, perplejos por la posibilidad luminosa de dedicarnos a la filosofía y carreras cercanas. Una luz engañosa e incompleta, por cierto. Por eso, más allá de una defensa cerrada, ingenua, descafeinada, hay que tener en cuenta la información real, los hechos, circunstancias desaforadas más bien que tienden a cimentarse en estos años.