Al consultarle sobre el tema a la psicóloga Daniela Mesía me asegura que el legado más valioso no se mide en monedas ni escrituras, sino en valores, ejemplo e interdependencia emocional.
La especialista sostiene que “los padres hacemos un buen trabajo familiar cuando nos esforzamos por enseñar valores en nuestro hogar”.
Indudablemente, promover y vivir como padres la honestidad, la integridad, el respeto, la bondad y el amor se convierten en los pilares de vida que sostienen a una familia sana. Cuando trabajamos valores en la familia estamos construyendo pilares que guiarán las decisiones de nuestros hijos en el futuro.
Y aquí, atentos padres, los valores no pueden sostenerse sin el segundo gran legado: el ejemplo; es decir, el que seamos coherentes entre lo que decimos y hacemos.
Hay mucha incoherencia en nosotros como papás y mamás. Decimos una cosa y hacemos lo contrario. Y eso marca profundamente la vida de nuestros hijos. Sucede muchas veces; es algo contra lo que luchamos siempre.
La coherencia es, entonces, una semilla que germina solo si la sembramos en nuestro propio comportamiento cotidiano. No basta con hablar de respeto, hay que practicarlo con el/la cónyuge; no basta con pedir amor, hay que expresarlo. Los hijos aprenden más de lo que ven que de lo que oyen.
El tercer legado, y aquí también coincido con la especialista, es la interdependencia intrafamiliar, esa red invisible que une a cada miembro de la familia con vínculos de apoyo, confianza y empatía.
La interdependencia no significa dependencia, sino apoyo mutuo. Es saberse acompañado, escuchado, comprendido. Cuando los padres y los hijos desarrollan esta conexión emocional, crecen la seguridad, la identidad y el respeto mutuo.
Y algo sumamente importante es el legado espiritual que les dejamos a nuestros descendientes. Esa herencia intangible de fe y sabiduría que los padres debemos transmitir a nuestros hijos y demás generaciones.
Este legado se compone de la fe vivida, las enseñanzas, el amor, la humildad y la forma en que una persona vive sus principios. A diferencia del legado material, no se mide en dinero, sino en el impacto positivo y duradero que se deja en las generaciones futuras.
Quizá al final de nuestra vida no dejemos grandes riquezas materiales, pero si dejamos hijos íntegros, compasivos, con fe y con sentido del bien, habremos cumplido con el propósito más sagrado de nuestra existencia: amar formando corazones unidos.