Opinión

Directora de Innovación y Desarrollo de Toulouse Lautrec
Este año, la Escuela de Educación Superior Toulouse Lautrec fue reconocida en el Ranking Mundial de Innovación Universitaria WURI 2025 como la institución número uno de América Latina en la categoría Cultura y Valores, y una de las cien más innovadoras del mundo. Este logro no solo representa un orgullo institucional, sino también una señal de que el Perú puede competir globalmente cuando se apuesta por modelos educativos que generan impacto real.
Sin embargo, si miramos más allá, notamos que en gran parte de los países que sobresalen por la innovación universitaria han dejado de centrarse únicamente en la tecnología o la infraestructura para enfocarse en la transformación del pensamiento, la investigación interdisciplinaria y la conexión con los problemas reales de la sociedad. En Corea del Sur, Finlandia o Alemania, las universidades actúan como laboratorios vivos de innovación: fomentan la curiosidad, el liderazgo empático, la colaboración y el aprendizaje basado en retos.
Esa es una gran lección para el Perú. Aquí todavía arrastramos una visión tradicional de la enseñanza, muchas veces enfocada en la transmisión de contenidos y no en el desarrollo de capacidades humanas y creativas. Para innovar, necesitamos que los centros de estudios sean espacios de experimentación y de pensamiento crítico, donde la creatividad se combine con la gestión, la tecnología y la ética del trabajo.
La verdadera innovación educativa ocurre cuando la educación se vuelve una experiencia transformadora, que conecta a los estudiantes con los desafíos del mundo real. En nuestra institución, por ejemplo, promovemos los Trabajos Reales Aplicados a Empresas (TRAE), donde los estudiantes colaboran con organizaciones públicas y privadas para resolver retos sociales, ambientales y económicos. Este tipo de experiencias no solo desarrollan competencias técnicas, sino también liderazgo, empatía y conciencia de impacto.
El futuro de la educación universitaria en el Perú dependerá de nuestra capacidad de aprender de los modelos internacionales sin perder nuestra identidad. En mi viaje a Corea del Sur para recibir el premio WURI, las conversaciones más valiosas y el intercambio que compartí con otros educadores del mundo giraron en torno a la importancia de los power skills –la empatía, la adaptabilidad, el pensamiento crítico– y cómo estas deben integrarse con la tecnología y la inteligencia artificial para formar profesionales más humanos, más estratégicos, originales y trascendentes.
Necesitamos universidades que formen pensadores críticos, innovadores y socialmente responsables, capaces de responder a los grandes desafíos del país: la desigualdad, la sostenibilidad, la transformación digital y la salud mental. Asimismo, es importante fomentar el espíritu emprendedor de los jóvenes desde las aulas.
Este es uno de los caminos para que la creatividad, guiada por un propósito, se convierta en una poderosa herramienta de transformación. La educación puede hacer que los peruanos pasemos de ser reconocidos solo por nuestro ingenio a ser admirados por nuestra verdadera capacidad transformadora. Cuando la educación despierta ese liderazgo no solo cambia vidas, también cambia el rumbo de un país.