Editorial
“La educación superior debe ser una política de Estado sostenida y estratégica. No necesitamos más universidades improvisadas: necesitamos mejores universidades”.
La aprobación de la reforma universitaria y el licenciamiento institucional que impulsó la Sunedu representaron un punto de inflexión importante: por primera vez en mucho tiempo se establecieron estándares mínimos de calidad, se cerraron universidades que operaban sin condiciones básicas y se exigieron mecanismos reales de supervisión. Sin embargo, esa reforma inicial parece haber perdido fuerza. Lo pendiente es enorme: el Perú invierte menos del 0.1% del PBI en investigación científica, frente al promedio de la OCDE que supera el 2%. La brecha tecnológica y científica es alarmante. Pese a que hay focos de excelencia, la producción académica nacional es aún menor en la región.
Resulta especialmente preocupante que en los últimos años, en lugar de consolidar y fortalecer las universidades existentes, se haya impulsado –mediante leyes aprobadas sin sustento técnico ni estudios de viabilidad– la creación indiscriminada de nuevas universidades públicas. Muchas de ellas carecen de infraestructura adecuada, no cuentan con laboratorios, docentes calificados ni planes académicos sólidos, y su puesta en marcha respondería más a intereses políticos. Crear universidades sin asegurar calidad, presupuesto sostenido ni investigación significa multiplicar la precariedad, no democratizar el acceso. Una universidad sin condiciones mínimas es solo un edificio con un rótulo.
Una universidad sin investigación equivale a una fábrica de profesionales desconectados del conocimiento. Un país que renuncia a la ciencia renuncia al futuro. La economía moderna se sostiene en innovación, tecnología, emprendimiento y generación de conocimiento. Si no se fortalecen los programas de posgrado, los centros de investigación, las alianzas con el sector productivo y los incentivos para investigadores, seguiremos exportando talento y ampliando nuestra dependencia tecnológica.
La reconstrucción del sistema universitario requiere una visión integral: meritocracia en la gestión, transparencia en el uso de recursos, evaluación constante, promoción real a la investigación y articulación efectiva con el Estado y el sector privado. Pero también exige que las universidades asuman su responsabilidad histórica: liderar la conversación pública, generar conocimiento útil y formar ciudadanos capaces de pensar y transformar la realidad.
No progresaremos con universidades resignadas a la mediocridad ni con un sistema que confunde acceso con calidad. La educación superior debe ser una política de Estado sostenida y estratégica. No necesitamos más universidades improvisadas: necesitamos mejores universidades.