• MIÉRCOLES 20
  • de mayo de 2026

Opinión

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Reflexiones

Ruidos citadinos


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Profesor de filosofía y presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía


Pero hay lugares en los que la cercanía a ese flujo de estruendos es una penitencia. Los habitantes de las casas o edificios cerca de las avenidas grandes son testigos imposibilitados de enfrentarse a la hostilidad de la estridencia desatada. Este laberinto se agudiza en épocas de fiesta. Es imposible alguna forma de silencio.

Sin embargo, no solo persiste el bullicio al ras del suelo, sino también surca por los aires. Los que viven cerca del aeropuerto, en particular en el Callao, son interrumpidos constantemente por el estruendo de los aviones saliendo sin parar. Pasan tan cerca y su vuelo es constante que nos deja con una persistente intranquilidad doméstica. Hasta aparece en los sueños, interrumpiendo con su estampido mecánico, con una contaminación sonora de tal dimensión que atraviesa, literalmente, toda la vida diaria. Ese tumulto de sonidos que zumba y luego desaparece,es un vaivén de martirio. Los aviones dejan de ser poéticos o metáforas de elevaciones espirituales para convertirse en signos de tribulación. ¿Cuántos decibeles mide el tormento?

También hay centenas de casas, por lo tanto, miles de personas que viven cerca de la ruta del tren que trae carga, principalmente de minerales, que atraviesa todos los días con su intermitencia resonante. El pitido estruendoso anuncia la antigua máquina rumbo al puerto y, además, el temblor del piso que va dejando a su paso con los cientos de toneladas que transporta. Durante décadas, en estos márgenes, hay barrios completos que son embestidos por el fragor de una tecnología decimonónica que irrumpe al punto de una insufrible normalización.

En otras zonas, los que están cerca de los estadios, incluyendo los universitarios, son otra forma de agresión a la paz y al derecho de vivir sin ruidos. Cuando el concierto se acerca, todo alrededor es una extensión del ensayo, nadie descansa, es imposible el sosiego cuando sucede la celebración alborotada del artista de turno. Se precipitan sobre nuestros oídos chirridos no deseados, rugidos que perturban todo, crujidos orquestados que hacen de nuestra convivencia una forma del infierno.

Estamos rodeados, asaltados de una hiperbólica barahúnda, resignados ante una atmósfera extremadamente hostil que, bajo una lógica mercantil o de desprecio a la tranquilidad de los ciudadanos, ha convertido los lugares en los que vivimos en zonas de guerra y, al parecer, a nadie que tome decisiones en la gestión pública parece importarle.