Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
La valoración negativa que Salazar invoca era un poderoso llamado de atención y un dictamen sobre una disciplina que requería una evaluación seria y cruda sobre sus propios límites. Planteada esa descarnada situación, ASB señalaba las posibilidades de una agenda filosófica que rompiera la escandalosa sujeción y los complejos de inferioridad que se diseminan en los circuitos educativos. El pacto de obediencia y claudicación instalado en los perímetros intelectuales tenía que detenerse de alguna manera. Para ello traza un brillante escenario historiográfico que reconoce la producción especulativa de sus antecesores y los conecta con la propia evolución nacional republicana.
Hay una historia de las ideas en el Perú que tiene un valor fundamental para comprender las intensas vicisitudes del país, como lo describe en su clásico texto de 1965. Por eso, gran parte del aporte bibliográfico de este filósofo está en plantear una nueva metodología para examinar nuestros procedimientos de discusión teórica. Sin embargo, su proyecto de narrar nuestra historia filosófica tiene limitaciones que, con los años, se ha cuestionado y avanzado más allá del hito sugerido por su análisis.
A la par, fue un persistente defensor de la filosofía como un factor decisivo para formar ciudadanos y de impulsar, a través del pensamiento crítico, un diálogo que tolere la discrepancia como eje esencial de la convivencia. Su biografía es un signo vibrante, enérgico, apasionado por la reflexión, con la audacia y los compromisos éticos que impele dedicarse a las humanidades en un lugar que más bien tiende a hostilizarlas. También es una huella generacional, epocal, un resultado sobresaliente de un humanista en un período de ardua e incansable creación académica.
Por eso este centenario de una de las mentes peruanas más lúcidas del siglo XX nos recuerda la intrepidez y el denuedo de aquellos que se han dedicado a filosofar en y desde el Perú.