Convivir
Frente a esta realidad, fortalecer el papel del paciente en el proceso terapéutico y promover espacios que permitan decisiones más informadas se vuelve indispensable. En este contexto, la toma de decisiones compartida surge como un enfoque clave: un proceso colaborativo en el que los profesionales de la salud explican de manera clara las alternativas terapéuticas, sus beneficios y riesgos, para que los pacientes –junto con sus familias, si así lo desean– puedan expresar lo que es importante para ellos y participar activamente en su elección.
La directora de Educación y Participación en Salud de Fundación Arturo López Pérez, la especialista Paulina Bravo, señala que este enfoque contrasta con el modelo tradicional, centrado en lo biomédico y en una relación más paternalista.
“La toma de decisiones compartida reconoce tanto el conocimiento clínico del profesional como la experiencia de vida del paciente, alineándose con el cuidado centrado en las personas. Esta participación activa ayuda a reducir la incertidumbre, disminuye el conflicto decisional y mejora la adherencia al tratamiento. Estudios internacionales evidencian, además, que contribuye a un cuidado más seguro y a una mayor satisfacción con la atención recibida”, afirma.
Para aplicar la toma de decisiones compartida se utilizan herramientas simples que facilitan iniciar la conversación médica. Tres preguntas, que no requieren formación clínica, pueden marcar la diferencia: ¿cómo obtener apoyo para decidir?, ¿cuáles son las opciones disponibles? y ¿qué riesgos o beneficios tiene cada una? Estas interrogantes ayudan a abrir el diálogo y evitan que el paciente permanezca en silencio por falta de claridad o miedo a preguntar.
Según Bravo, esta brecha informativa no siempre se debe a falta de interés, sino a la distancia entre el lenguaje clínico y el lenguaje cotidiano. “Cuando el paciente no entiende, o siente que no puede preguntar, el diagnóstico puede generar ansiedad, dudas o silencio”. En ese contexto, conocer los derechos del paciente puede transformar la experiencia de la consulta y abrir espacio para un diálogo más claro. Algunos son:
Recibir información clara y comprensible. El lenguaje médico debe ser traducido para que el paciente y la familia entiendan el tratamiento y sus efectos.
Tener tiempo para decidir. No es obligatorio responder en ese mismo instante. Pedir unos días puede ayudar a procesar la información con calma.
Solicitar una segunda opinión médica. Es un derecho reconocido en oncología y no significa falta de confianza: ayuda a tomar decisiones más seguras.
Formular preguntas sobre efectos secundarios y alternativas. Cada cuerpo reacciona distinto. Preguntar permite anticipar miedos y entender qué se puede hacer si aparecen molestias.
Estar acompañado durante la consulta. La presencia de un familiar ayuda a recordar información y tomar decisiones con apoyo emocional.
Expresar dudas o temores sin sentir que interrumpe. Los especialistas reconocen que hablar de emociones ayuda al paciente a mantener la adherencia al tratamiento.
El objetivo de la toma de decisiones compartidas no es reemplazar el criterio médico, sino construir elecciones que integren la evidencia científica con la historia personal de cada paciente. Cuando el diálogo se vuelve parte del tratamiento, el diagnóstico deja de sentirse impuesto y se transforma en un proceso compartido, más humano y digno.