• MIÉRCOLES 20
  • de mayo de 2026

País

FOTOGRAFIA

Batalla de Ayacucho: 201 años de la victoria que selló la independencia de América Latina

Destacados historiadores recuerdan momentos de este enfrentamiento histórico que consolidó la ansiada independencia del yugo realista.

El teniente coronel Alberto Castro Villa señala que esta fecha es una oportunidad para reflexionar sobre el sacrificio y la unión que hicieron posible la libertad, ya que, según refiere, la Batalla de Ayacucho no solo consolidó nuestra independencia, sino que marcó el nacimiento del Ejército Republicano del Perú, una institución que hasta hoy es pilar de nuestra soberanía.

"Esta fecha nos recuerda que la libertad no fue un regalo, sino el fruto de un esfuerzo colectivo de soldados y pueblos unidos".

La batalla de Ayacucho representa la culminación de la lucha libertaria de América. "1824 fue un año decisivo. La llegada de Bolívar y la formación del Ejército Unido Libertador con veteranos de las guerras napoleónicas permitió consolidar la victoria final. Esta batalla no solo marcó el fin de la monarquía española en el Perú, sino también en Hispanoamérica", señala.

Ayacucho fue el epílogo, el golpe final a 300 años de monarquía española en América. Fue una victoria alcanzada gracias a la unión de soldados de diferentes naciones y al sacrificio de las comunidades andinas, cuyos guerrilleros fueron decisivos en la campaña de 1824. 


La gesta de Ayacucho representa ante el mundo la continentalidad de la causa libertaria de América, en la que las armas peruanas, junto a las de naciones hermanas alcanzaron el más justo de los triunfos al sellar la independencia del Perú y de América. 

De mismo modo lo siente y expresa el general de Brigada EP en retiro, Juan Urbano Revilla, quien señala que la institución, que toma esta fecha como su día jubilar, (El Ejército del Perú) está presente en los hitos relevantes de nuestra historia y nos demuestra el enorme sacrificio del pueblo convertido en hombres de armas, que luchó con denodado esfuerzo para cimentar el Perú libre y soberano que hoy tenemos.

"En esta fecha, el Ejército del Perú no solo rinde merecido homenaje a los vencedores de la Quinua, sino también, rememora las gestas gloriosas de sus armas, con el orgullo universal de ser herederos de la honra de un Ejército que lo dio todo por la patria, aun en las horas más adversas de la lucha", afirma.

El general asegura que la batalla de Ayacucho fue la última gran contienda de las campañas libertarias de América, iniciadas desde 1809 y, por su significado, se encuentra inscrita entre las grandes batallas del ámbito hispanoamericano. 

"El 9 de diciembre de 1824, en la Pampa de la Quinua, se enfrentaron unos 15,000 hombres, apostando unos por el continuismo del dominio colonial y otros por la libertad de los pueblos. Fue un hecho militar que culminó con la trascendental victoria de las fuerzas patriotas y definió la caída del régimen virreinal de España en la América del Sur, afirmando la libertad de las nuevas repúblicas del continente", rememora.


De la independencia en vilo a la última carta militar

Recuerda que en la memoria de 1823, el ministro de Hacienda Hipólito Unanue describió la calamitosa situación de la economía del país, al que solo quedaba recurrir a los empréstitos de los comerciantes, debido al deterioro de la agricultura, en tantos años de guerra. 

"El déficit alcanzó la suma de 1'500,297 pesos, donde el mayor gasto, ascendente a 773,256 pesos, correspondía al Ejército, es decir, el nuevo Estado se inició en el centro de una crisis económica, donde el comercio era el único sostén para las necesidades del gobierno". 

"Las campañas de San Martín en 1820-1822 y luego las campañas a Puertos Intermedios en 1823, habían dejado exhausta a la economía del nuevo régimen, en plena guerra de la independencia. Sin embargo, quedaba claro que la libertad solo podía ser alcanzada por la fuerza de las armas, acabando con las tropas realista que al mando del virrey La Serna, desde el Cuzco, dominaban la sierra sur y la sierra central, corazón y sede de los abastecimientos del país; y a ello se dedicaron todos los esfuerzos necesarios".

El general Juan Urbano señala que con la llegada de Bolívar al Perú, en setiembre de 1823, llamado por el Congreso Peruano, se inicia una etapa decisiva en la guerra libertaria, con la participación de los “ejércitos auxiliares”, en las condiciones más adversas. 

Afirma, y así lo consignan también otros historiadores, el Congreso otorgó a Bolívar la denominación de Libertador y la suprema autoridad militar en todo el territorio de la República, con facultades extraordinarias, así como autoridad política dictatorial en los asuntos de guerra para obtener auxilios y recursos necesarios. 

"Con estos poderes, Bolívar decidió aplicar una contribución forzosa de 400,000 pesos sobre todas las clases del Estado y demás pueblos libres para financiar los gastos del Ejército. Además, obtuvo un empréstito de 200,000 pesos de la Cámara de Comercio, por entregar en dinero y provisiones. Incluso, los diezmos eclesiásticos se otorgaban al sostenimiento de las guerrillas de la sierra de Canta, Yauyos y Huarochirí; y también se prohibió hacer gastos que no tuvieran relación con el Ejército". 

Sin embargo, el 5 de febrero de 1824, se presentó un serio revés, cuando todo el arsenal que los patriotas habían reunido en las fortalezas del Callao, pasó a manos del enemigo por la sublevación de las tropas del Regimiento del Río de la Plata, que se unieron a los realistas; situación que obligó a replantear el sistema de aprovisionamiento del ejército patriota y redefinir la estrategia de la guerra. 

El también historiador asegura que si bien Lima, la capital, era un centro importante, su control no aseguraba la victoria sobre los realistas, por lo que había que definir la guerra en la sierra, constituida en el "centro vital del país y que se mantenía bajo el dominio colonial". 

Estado de guerra

En marzo de 1824, Bolívar estableció su cuartel general en Trujillo donde reorganizó los ministerios, fusionándolos en uno solo a cargo de un ministro peruano, José Faustino Sánchez Carrión, quien instituye un riguroso “estado de guerra” en todo el país. 

El general (r) Urbano recuerda que Sánchez Carrión recorrió Trujillo, Huamachuco, Caraz, Huaraz, Huánuco, Cerro de Pasco, Huancayo, Jauja, Huamanga y Huancavelica, para obtener los recursos necesarios para la guerra, llegando a sacar la plata de las iglesias, los fierros de las ventanas y hasta los clavos de los portones de las casas de Trujillo y la sierra norte. 

"En poco tiempo se reunió más de 400,000 pesos en barras de plata que sirvieron para adquirir provisiones e implementar los talleres para reparación de armamento y fabricación de los insumos de guerra".

Reconoce que la labor de Sánchez Carrión fue extraordinaria y junto con el sacrificio de los pueblos permitió que surgieran de la nada, los medios indispensables para afrontar la guerra, como el vestuario, armamento, municiones, víveres, monturas y artículos diversos; más aún se reclutaron miles de efectivos peruanos para completar las unidades patriotas y las unidades gran colombianas, afectadas por las deserciones.

Se organiza entonces el “Ejército Unido Libertador”, que luego de la victoria de Junín, llega al encuentro inevitable y definitivo contra los realistas, que debía realizarse en el sector de la sierra central próximo a los desplazamientos de ambos Ejércitos contendientes. El Ejército patriota estaba al mando del general Antonio José de Sucre, con el general Agustín Gamarra como Jefe de Estado Mayor. 


"Estaba compuesto por 5,780 soldados patriotas, comprendidos entre la división peruana al mando del general La Mar; la primera y segunda división auxiliar colombiana, bajo los generales Lara y Córdova; y la división de caballería, al mando del general Miller, quien además contaba con las fuerzas de guerrillas, agrupadas en partidas de montoneros e indios".

Los realistas habían llegado a reunir a unos 9,320 efectivos bajo el mando del virrey La Serna, sumando las fuerzas de sus dos Ejércitos, el Real del Sur y el del Norte, cuyos jefes Valdez y Canterac referían que “no tenían reparo de su clase militar, con tal de ser mejor empleados en la campaña”; de esta manera se formó el “Ejército de Operaciones del Perú”. 

Las unidades realistas estaban compuestas por tropas veteranas que años antes llegaron de España y una mayoría de soldados de origen peruano, muchos reclutados a la fuerza, que igualmente habían sido preparados para la contienda final. 

Al respecto, el también historiador Alberto Castro destaca: "Para 1824, la situación del Perú era extremadamente precaria. La consolidación de la independencia dependía de un esfuerzo militar coordinado, donde las guerrillas y las comunidades locales jugaron un papel esencial al apoyar la logística y la estrategia del Ejército Unido. Sin ese apoyo, la victoria habría sido mucho más difícil".

La épica batalla de Ayacucho

El historiador Urbano refiere que las fuerzas realistas reunidas, partieron del Cuzco por el eje Apurímac – Cangallo – Huamanga, en búsqueda de los patriotas. Sucre por su parte, enterado del movimiento realista y a fin de evitar el envolvimiento de sus fuerzas desarrolló un repliegue hacia retaguardia para reconcentrarse en Andahuaylas y de allí seguir por el Río Pampas hacia Huamanga, a fin de mantener abierto el camino hacia sus bases de operaciones al norte.


"La Serna al conocer el movimiento de Sucre, orienta sus fuerzas hacia el Río Pampas, y desde el 24 de noviembre, ambos contingentes se divisan sin decidir un ataque, mientras identificaban el terreno más favorable a sus planes. El 2 de diciembre Sucre cruza el Río Pampas y desde el día 4 ambos ejércitos quedan en paralelo, los realistas por las alturas de la Cordillera Occidental y los patriotas por las faldas de la Cordillera Oriental. El combate era inminente".

El 9 de diciembre de 1824, los realistas dominando las alturas del cerro Condorcunca y conociendo la superioridad numérica de sus fuerzas, confiaban en su victoria. La Serna había logrado colocarse a la espalda de las fuerzas patriotas, cortando su línea de comunicaciones; sin embargo, el terreno forzaba a los realistas a un ataque frontal, que le impedía desplegar todas sus tropas, limitando su potencia y capacidad de maniobra. 

"En tales circunstancias, la posición de los patriotas consistía en mantenerse en el terreno, la Pampa de la Quinua, con la única opción de contener la embestida de los realistas y explotar una situación favorable para decidir la contienda.  Es decir, se aplicó una combinación de los procedimientos militares de Federico II de Prusia, de fines del S. XVIII, y de Napoleón, de inicios de S. XIX, conocido por los jefes realistas de experiencia en los campos de batalla de Europa", señala.

El coronel Castro, a su vez, resalta que muchos de los oficiales del ejército libertador eran veteranos de las guerras napoleónicas, lo que les otorgó una ventaja táctica en el campo de batalla.

La batalla fue dura y cada parte cumplió con su deber. Los ataques realistas de las fuerzas de Valdez y Villalobos, apoyados por su artillería, fueron contenidos por las esforzadas divisiones de La Mar y Córdova. Cabe destacar los bríos de la división peruana de La Mar por rechazar el ímpetu de Valdez; más aún, cuando es sobrepasada la primera línea de cazadores peruanos, las partidas montoneras a caballo del Coronel Marcelino Carreño arremeten contra los realistas desplegados en la batalla. El choque fue violento, cayendo muerto el propio Carreño y muchos de sus hombres; no obstante, esto permitió a La Mar reorganizar sus fuerzas y lanzarlas nuevamente al combate.

"Ese momento permitió a la división Córdova lanzar una ofensiva decisiva por el flanco izquierdo, rompiendo las líneas enemigas y consolidando la victoria patriota", precisa el coronel Castro.

El general Córdova logró pasar a la ofensiva en su sector, bajo la arenga de “paso de vencedores”; por su parte, la caballería patriota de Miller, con los escuadrones peruanos de los Húsares de Junín y unidades de la división de Lara, cargaron en el centro sobre la división realista de Monet en ese sector. Fue tal el empuje y resolución de las fuerzas patriotas que al término de cuatro horas de lucha arrollaron al enemigo, quedando en el campo de batalla unas 3,000 bajas de 15,000 combatientes de ambos lados. 

Ni los esfuerzos de Canterac por reconstituir el frente colonial con el batallón español Gerona y la caballería; ni la propia participación de La Serna en sus primeras líneas, que resultó herido y prisionero, impidieron revertir la victoria patriota.

El general Juan Urbano sostiene que en el ámbito militar, resultó fundamental la detención de la poderosa división de Valdez, gracias a la decidida participación de los indios montoneros del coronel Carreño, pues permitió al general Sucre maniobrar con libertad para emplear su caballería y reserva en los frentes de batalla decisivos, hasta alcanzar la victoria

"El corolario fue la capitulación realista, mediante la cual se puso fin al dominio español en América y por el que quedaban prisioneros de guerra los generales La Serna (herido), Canterac, Valdez, Carratalá, Monet, Villalobos, Ferraz, Bedoya, Somocurcio, Cacho, Atero, Landázuri, García Camba, Pardo, Vigil y Tur, 16 coroneles, 68 teniente coroneles, 484 oficiales y 3,200 efectivos de tropa; el resto se había dispersado".

El coronel Castro resalta la importancia del liderazgo en este episodio: "Sucre, pese a ser joven, mostró una capacidad estratégica extraordinaria, apoyado por líderes peruanos como Agustín Gamarra. Su planificación permitió superar las adversidades en el terreno y asegurar la victoria".

La hora de la libertad continental

Urbano añade que con la célebre victoria en Ayacucho, las armas patriotas no solo lograron rendir a las fuerzas realistas, sino que abatieron 300 años de dominación española en el Perú y América. 

"En los campos de la Quinua quedó sellada a sangre y fuego la libertad de América. Es allí donde confluyó la mayor arquitectura militar forjada desde el abismo de la incertidumbre en 1823, hasta levantar un Ejército patriota, compuesto de soldados peruanos y gran colombianos, así como rioplatenses y chilenos que llegaron con el Ejército de San Martín y se cubrieron de gloria ese 9 de diciembre, ante el enemigo realista que llevaba 14 años de lucha contrarrevolucionaria en el continente". 

Señala que la batalla de Ayacucho fue la mayor contienda libertaria contra el régimen español en el continente americano. 

Al combate arribaron las fuerzas en su máxima expresión militar; como diría el general Miller en sus Memorias: “las tropas de ambas partes se encontraban en un estado de disciplina que hubiese hecho honor a los mejores ejércitos europeos”. Además, allí combatieron los principales generales de uno y otro lado, más la voluntad decidida de las tropas; ambos contingentes comprendieron que esa era la batalla decisiva.

"Ayacucho fue la cumbre de la intensa participación de elementos peruanos en la gesta de la independencia, allí están las contribuciones de los pueblos para las provisiones del ejército; pero sobre todo, allí estuvo el peruano oriundo, el indígena que conformó la tropa y se vio obligado a participar en ambos bandos, demostrando su disciplina y pruebas de valor insuperables, pues muchas batallas se ganaron por su coraje y resistencia a la fatiga, integrando las fuerzas regulares; además, formaron parte de las valiosas partidas de guerrillas, así como en aquellas montoneras que llegaron hasta el combate en Ayacucho."

En ese sentido, Castro menciona un aspecto clave: "A menudo se subestima el rol de las guerrillas, pero estas no solo brindaron apoyo logístico, sino también inteligencia vital que permitió a Sucre maniobrar con éxito en la última fase de la campaña”.

Afirma además que Ayacucho constituye también la suma de todos los esfuerzos libertarios realizados en el tiempo. "Podemos afirmar que desde la misma conquista, en los pueblos del Perú se inició el rechazo al yugo español y se dieron diversas acciones en el tiempo para recuperar la libertad, que no fue concedida, sino obtenida en los campos de batalla, hasta llegar a la luz en Ayacucho". 

El militar resalta que con el triunfo de los libertadores, las repúblicas del continente quedaron en aptitud de forjar sus nuevos sistemas políticos, optar por un gobierno representativo con nuevas entidades políticas donde pudieran concretar el real anhelo de crear sociedades de ciudadanos, ya no de súbditos. 

"Para el Perú, en el pensamiento de Basadre, aquella independencia constituía la promesa y la gran posibilidad de vivir con libertad y justicia, construyendo aquella sociedad ansiada que dirija su propio destino a un futuro de bien común".

Al rendir honores al Ejército del Perú, el general EP Juan Urbano Revilla, quien es directivo del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú, hace votos para que las gestas de los libertadores y defensores de la patria continúen guiando los pasos de los hombres de armas del Ejército del Perú, para seguir dando los mejores esfuerzos por el progreso y destino de grandeza de nuestra nación.

Lea también en El Peruano