Opinión
Director de Centro Familias 360
Sin embargo, ese momento en particular me llevó a una reflexión que hasta entonces había pasado desapercibida para mí: que la verdadera felicidad se esconde en las pequeñas cosas que compartimos con quienes amamos.
Mientras jugábamos, cada avance suyo venía acompañado de gritos de alegría. Yo, en broma, asumía el papel del “mal perdedor”. Nos reíamos sin medida, hasta el punto de que las carcajadas se mezclaban con lágrimas de felicidad.
En la cocina, mi esposa sonreía y participaba desde la distancia, contagiada por nuestra alegría. Nuestro hijo Pepe, con habilidades especiales, también era parte de ese ambiente lleno de amor y complicidad. En ese instante comprendí que la vida, cuando se vive así, es profundamente sabrosa, a pesar de los problemas y dificultades por los que podamos estar pasando.
Desde una mirada psicológica, estos momentos cotidianos tienen un valor incalculable. Compartir juegos, risas y tiempo de calidad fortalece los vínculos afectivos y construye memorias emocionales positivas que nos acompañan toda la vida.
La psicóloga Bertha Gálvez señala que disfrutar de los pequeños detalles en familia permite conocernos mejor, afianzar nuestras relaciones y comprender qué es realmente la felicidad.
“La felicidad no es un estado permanente, sino instantes significativos que nos nutren el alma”, dice.
La experiencia con mi nieto me llevó también a mirar hacia atrás. Recordé cuando íbamos con mi padre y mis hermanos al parque; los almuerzos dominicales que se extendían hasta entrada la tarde; las largas sobremesas llenas de conversaciones; las tertulias familiares de los sábados y los juegos de carnaval en casa. Bingo tras bingo, risa tras risa me enseñaron que “las personas más felices no son las que más tienen, sino las que menos necesitan”.
Más adelante, al formar mi propia familia, esos pequeños rituales continuaron. Ir al cine con mi esposa, compartir un vino, escuchar música en casa, conversar largamente o visitar juntos nuestro Centro Musical.
Luego las alegrías con Pepito, con Claudia y con nuestros nietos. Jugar, cantar, abrazarnos, reír y expresar el afecto sin reservas. Cada uno de esos gestos sencillos fue construyendo una vida plena en mí.
Hoy puedo decir, con convicción, que soy un ganador en la vida. No por los logros materiales, sino porque aprendí a disfrutar lo simple. Me encanta pasar tiempo con mi familia; hacerlo es maravilloso. Y también disfruto profundamente mi relación con Dios, a quien reconozco como Padre y trato como tal.
En los pequeños detalles (una risa, un juego, un abrazo) he aprendido que Dios se hace presente de manera silenciosa, pero constante.
Por eso hoy pregunto: ¿Cuáles son tus pequeños momentos? La vida nos regala muchos cada día. ¿Los valoras como los dones que son? Nunca olvidemos que la felicidad no es complicada ni lejana. Más sencillo no puede ser. Estamos en esta vida para amar y ser amados, para gozar y vivir los pequeños detalles que nacen en nuestra familia y que, con generosidad, Dios nos regala.