• LUNES 11
  • de mayo de 2026

Opinión

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Reflexiones

Mis maestros universitarios


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario


Elegí San Marcos, además de su legendaria tradición laica y de diversidad de enfoques, porque creí que enseñaban algunos de los más célebres maestros del pensamiento peruano. Había leído a algunos de ellos y estaba deslumbrado por esas posibilidades de escuchar sus clases. Pero mi expectativa era un acto optimista, aunque con algunas notables excepciones.

Tuve el privilegio de estudiar filosofía antigua con David Sobrevilla, un generoso profesional consagrado al rigor acucioso y la disciplina escritural. Con él, mis compañeros y yo, aprendimos el valor de la verdad y la belleza, además de la urgente preocupación por apelar al diálogo para revelar otras posibles respuestas y evitar la lectura unilateral de las cosas. Sobrevilla, a quien luego iba a visitar a su casa y tomar muchos cafés, se convirtió en mi amigo. Era un cáustico conversador, implacable, lúcido, vallejista extraordinario, y muy severo con aquellos que se montaban en fraudes teóricos para hacerse pasar por filósofos, cuando en realidad eran unos astutos embaucadores y les importaba más el espectáculo o el poder antes que el ejercicio del pensar.

Mi otro maestro era José Carlos Ballón, un especialista en filosofía colonial y un defensor perseverante de una tradición filosófica peruana, quien me introdujo a la comprensión de la complejidad de una comunidad teórica que se enfrenta permanentemente. Incluso, en esa situación, era posible la discusión alturada y comprensiva. Tenía una particular combinación de filósofo analítico con una preocupación incesante por la ciencia. Sus libros más importantes van por esas líneas en las que reflexiona sobre el retorno a la legitimidad de lo científico para defenderse ante las tentaciones autoritarias. También fue un portavoz del valor de la universidad pública y, además, lanzaba advertencias sobre la inminencia de su crisis actual.

También era fascinante leer la Crítica de la razón pura con uno de los más inteligentes filósofos del Perú: Juan Abugattás, que tenía el aula siempre repleta y, él mismo, muy abierto a las preguntas de sus entusiastas estudiantes. Immanuel Kant adquiría una transparencia teórica, una deliciosa claridad, que casi nos convierte en kantianos.

Por eso, mi mayor honor y gratitud a esas personas que hicieron de la filosofía un modo de vida y una oportunidad para construir de otra manera nuestro país.