Opinión
Periodista
Un ejemplo de esta situación es su retroceso en el Índice Global de Innovación 2025 de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, en el que ha caído al puesto 80 entre 139 países evaluados, descendiendo desde la posición 75 en el 2024, 76 en el 2023 y 65 en el 2022.
A pesar de estos resultados, el informe El estado de la ciencia 2025 resalta como signos positivos el incremento de la inversión en I+D, que ha alcanzado el 0.18% del PBI, y un notable aumento en la producción científica, que supera las 10,800 publicaciones. Además, la formación de investigadores ha crecido, sumando más de 12,000 profesionales en el campo de la ciencia y la tecnología, lo que nos coloca como el tercero con mayor número de doctores, por debajo de Uruguay y Chile.
Estos datos evidencian que existe un compromiso del Estado como de las instituciones académicas para fortalecer el conocimiento científico, reflejándose la creciente importancia que se le comienza a dar a la ciencia en la agenda pública.
Claro está que este optimismo debe ser matizado porque si bien el Perú está entre los países que más incrementaron sus inversiones en I+D, aún se mantiene por debajo de Brasil, México, Argentina, Colombia y Chile, lo que nos pone en desventaja en términos de cantidad de conocimiento generado, y también en el impacto que esto tiene sobre la economía y la capacidad de innovación del país.
Uno de los puntos negativos es la baja inversión de las empresas en I+D. La dependencia del financiamiento gubernamental, que representa gran parte del esfuerzo en investigación, pone en riesgo la sostenibilidad a largo plazo de estos avances. Para que el Perú pueda capitalizar su potencial científico es esencial fomentar una cultura de innovación que incentive a las empresas a invertir en investigación y fomentar un ecosistema que incluya políticas adecuadas de financiamiento y formación.
En suma, la situación del Perú en ciencia y tecnología presenta un panorama mixto. Por un lado muestra logros significativos y, por otro, desafíos persistentes. Un enfoque proactivo hacia la inversión pública y privada, la formación de recursos humanos competentes y la creación de un marco normativo adecuado son elementos críticos para asegurar que el país no solo se adapte a la revolución científica, sino que también se convierta en un agente significativo en ella.