• LUNES 11
  • de mayo de 2026

Opinión

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Reflexiones

Elogio de la equivocación


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario


Por eso, en esa constante de nuestras acciones, el escenario de los pesares por nuestro error es inevitable. Como también debe serlo el resarcimiento. Todos pueden rehabilitarse, por lo menos, teóricamente. Claro, hay casos patológicos que son la excepción. Pero cada una de las personas merecen tanto la enmienda como la expiación en los casos más profundos. La caída también requiere del propio perdón previamente para el resurgimiento. Es imprescindible asumir que equivocarse forma parte de la naturaleza humana. Aunque nos demos de bruces y seamos sumamente duros con nosotros mismos por nuestra acción, nos ayudará mucho saber que la recuperación es factible, casi un imperativo ético para seguir nuestro camino.

Se entiende que no se busca la equivocación como un modo de vida, cual cadena de gozo distorsionado y dañino, sino que es potencialmente factible e inevitable que suceda. Ante esa eventualidad, surge nuestra apertura moral y de conocimiento como algo continuo. Necesitamos aprender y, con resiliencia, verlo como una alternativa asertiva. La historia de la humanidad es muy rica en esos vaivenes. De todos modos, nos pertenece la capacidad de renacer.

Entonces, hay que admitir que las posibilidades de errar van a ocurrir. Ante el error nos queda diseccionar, analizarlo exhaustivamente, comprenderlo y seguir con nuestras acciones. Nuestros equívocos tienen un grado de pertenencia epistémica, no solo de aprendizaje emocional, sino también de mostrarnos las diversas capas de la realidad y que, simplemente, esta vez no coincide con lo que deseamos. Hay que cesar la severidad extrema contra nosotros mismos cuando no acertamos. Los autojuicios pueden ser crueles.

En esa disculpa, también nos aceptamos en nuestra evidente finitud y las sensatas limitaciones que nos caracterizan.

Por eso, aunque parezca que es irreversible, atascados en nuestro nudo, bloqueados por el desliz, tal vez haya escapatoria, el atolladero no es permanente, siempre emergeremos de nuevo, una y otra vez, resurgidos, rehabilitados. En esa restauración de nuestra alma, recomenzamos con otras luces, nos recomponemos más sabios. Y nos echamos a andar.