Opinión
Profesora de la Facultad de Humanidades. Universidad de Piura
Ahora bien, no cabe duda de que ha sido un gran reto ingresar en un mundo tradicionalmente masculino, pero también es central tener en cuenta que aún lo podemos seguir transformando desde nuestra propia identidad. No se trata de ocupar los lugares del varón para ser un espejo de ellos, como sugieren algunas corrientes de pensamiento, sino de contribuir desde nuestra feminidad; aportar desde la diferencia, no detrás ni al costado, sino junto a ellos.
En este sentido, pensar en la mujer del siglo XXI implica reconocer roles estratégicos en la familia, el trabajo y la política. El ingreso femenino al espacio público ha traído consigo una “ética del cuidado” que parecía olvidada, lo cual aporta una mayor sensibilidad hacia lo vulnerable y humaniza los entornos sociales.
Sin embargo, no debemos caer en la romantización. El progreso real no se alcanza solo con el protagonismo femenino, sino con la participación activa e involucramiento de los hombres, con una especial atención en el hogar, centro de todo tejido social. Como señala Pedro Juan Viladrich, “vivimos en una cultura con ausencia de padre” y es urgente involucrarlos en estos cambios y mejoras.
Hace algunos años, me impactó mucho una frase que leí en un texto, breve, de Humberto Eco: Historia de las mujeres filósofas. El autor dice: “No es que no hayan existido mujeres que no filosofaran. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, tal vez después de haberse apropiado de sus ideas”. Si bien ha sido vital rescatar esos nombres femeninos, también es cierto que los mismos hechos nos han demostrado que una tendencia en la que nos enfoquemos de manera exclusiva en las mujeres pierde el otro personaje importante en la historia, me refiero al varón.
Somos seres relacionales, y si bien anhelamos una sociedad con menores brechas -laborales y sociales-, y con mejor calidad de vida, el cambio que buscamos tendrá lugar con un esfuerzo de colaboración entre todos, no es tarea solo de las mujeres, el cambio positivo, esa mejora en la calidad de vida también es tarea de todos.
Desde mi punto de vista, la clave no es la superioridad o la constante disputa por los mejores puestos o salarios, sino la cooperación y el verdadero respeto a nuestras diferencias como varones y mujeres, especialmente en la familia, en el trabajo y en la sociedad.
Animo a todos a recordar que cada 8 de marzo debe ser una oportunidad para celebrar el camino recorrido y, también, para reflexionar sobre lo que estamos perdiendo en la vorágine del cambio. Nos compete a todos la tarea de unir esfuerzos para conservar y defender lo realmente valioso de la mujer desde las distintas y enriquecedoras perspectivas desde las que se manifiesta la feminidad: como hija, amiga, esposa, madre, hermana, abuela, trabajadora o ciudadana, sin reducirla a pura belleza exterior o a un espacio exclusivamente privado, se trata aquí de vernos desde nuestra belleza interior.
Conmemorar el Día Internacional de la Mujer no es un lujo, sino un acto de gratitud y responsabilidad. A veces miramos con ansiedad lo que falta por lograr, pero hoy es necesario detenerse y valorar todo lo que ya hemos avanzado.