Opinión
Profesor de la carrera de Historia y Gestión Cultural. Universidad de Piura
Hasta hace muy poco, el literato peruano Mario Vargas Llosa se refería al hombre contemporáneo como viviente de una ‘civilización del espectáculo’, muy a la par del intelectual francés Gilles Lipovetsky, quien se refería a su presente como la ‘era del vacío’.
Sea cual fuere la mejor etiqueta para nuestro presente, cada generación de intelectuales intenta definir mejor su época. A veces, con mayor o menor optimismo e incluso cinismo. Lo cierto es que la forma de entender al ser humano no es solo una perspectiva, sino que ella puede motivar concepciones verdaderas o falsas sobre lo que es el ser humano.
De hecho, cada una de las etiquetas mencionadas solo son parcelas de explicaciones de la realidad humana. Son intentos de dar respuestas homogéneas y lúcidas ante los problemas reales. Así, por ejemplo, el homo videns era un intento por comprender cómo la televisión y la imagen habían perjudicado la capacidad crítica del ser humano. La imagen –a decir de Sartori– impide al hombre pensar. La razón y la imaginación ceden terreno al sentimiento y al deseo. Por su lado, Han expone con mucha razón que el individuo contemporáneo se alegra de sentirse su propio jefe y excita sus sentidos con la idea de libertad sin jerarquías. Sin embargo, según el surcoreano, esta sociedad es en realidad un enjambre de esclavos que se determinan a sí mismos. Sus miembros configuran una sociedad obstruida que siente culpabilidad de tomar vacaciones o pararse a contemplar el paisaje.
En la actualidad, se corre el riesgo de etiquetar a los seres humanos bajo ideas limitantes. El hombre es esto o es aquello. Esas definiciones, si son interiorizadas y aceptadas como reales, pueden modificar nuestra visión de lo que es la persona. Por ejemplo, si aceptamos el paradigma de Jean Baudrillard que hablaba acerca de la “sociedad de consumo” y reducimos al ser humano como un mero ser consumidor, podríamos responder a varias preguntas acerca de fenómenos contemporáneos como el Black Friday o el Cyber Monday. Sin embargo, las respuestas serían algo superficiales. Una etiqueta no explica la totalidad del individuo.
En nuestro día a día desarrollamos diferentes roles: somos padres, hermanos, esposos, clientes, consumidores, votantes o vecinos, por citar algunos ejemplos. Lo cierto es que ninguna de esas categorías es en sí misma la totalidad de lo que es una persona. De hecho, utilizarlas sin más podría llevarnos a un peligroso reduccionismo antropológico.
Pongamos un ejemplo. Imaginemos que una institución educativa considera que sus alumnos son clientes. De hecho, desde una primera impresión parece algo muy positivo porque siguiendo esa lógica los profesores deben ofrecer un servicio educativo de calidad.
Los padres de familia se sentirían seguros de saber que el dinero que pagan se corresponde con los estándares adecuados. Decir que un alumno es un cliente (y por extensión sus padres) no es algo fuera de la verdad. Si revisamos el diccionario de la RAE, la palabra cliente se define así: “Persona que compra en una tienda, o que utiliza los servicios de un profesional o empresa”. Sin embargo, si nos limitamos a creer que una persona es solo un cliente, las cosas se podrían complicar. La delgada línea roja entre los conceptos de cliente y de alumno podría marcar una diferencia en la conceptualización antropológica de quien ofrece el servicio educativo.
Está claro que la instituciones caracterizan a sus públicos. Así, las empresas tienen clientes; los organismos públicos, usuarios; los emprendedores, consumidores; los políticos, votantes; los influencers, seguidores; y así por el estilo. El problema de fondo yace en que lo que la persona es supera cualquiera de estas etiquetas.
Una empresa o institución que desee hacer bien su tarea no debe reducir al ser humano a una de esas categorías. Desde el campo educativo debemos desafiar el reduccionismo de la persona. Para formar, necesitamos superar el “cliente siempre tiene la razón”; educar hoy en día supone ir contracorriente a los encasillamientos comerciales que dictamina el mercado.