• DOMINGO 15
  • de marzo de 2026

Opinión

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REFLEXIONES

Adiós, Alfredo Bryce


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario


Por eso no hay oscuridad trágica en su narrativa ni lectura gris de la vida en general, sino la aceptación jubilosa de que es posible que nunca nos irá mejor y que eso no importa porque no hay mañana ni futuro, tan solo un realista carpe diem que nos obliga a disfrutar del momento con el mayor regocijo. No con la irresponsabilidad del que asume que todo se acabará y hay que romperlo todo, sino con la radiante conciencia de que es totalmente probable que el mismo porvenir sea una exagerada ficción.

Bryce era un activo integrante de esa caterva de escritores mundiales que observan y describen el mundo como una inmensa contradicción y que este es, al fin y al cabo, un laberinto constante, una paradoja permanente, en situación dialéctica imparable e incognoscible. Lo que sucede es que queremos racionalizar y darle una explicación coherente a lo que es un maremagnum de incompatibilidades y contrastes. Por eso en su narrativa no hay un proyecto utópico, ni ninguna configuración ideológica transformadora, ni la confianza en el artefacto literario como movilizadora política. Nada de eso. Lo suyo es literatura como gozo en sí mismo, con las ambiciones de que sea ella suficientemente seductora para el lector, con la infinitud rabelaisiana que la atraviesa como vaso comunicante.

Para aquellos que están acostumbrados a deliberar sobre los programas novelísticos latinoamericanos como grandes proyectos de denuncia social, lo de Bryce les parece insulso. Sus detractores, seguidores tardíos de la literatura comprometida sartreana, siempre esperan épicos relatos que llamen a la acción colectiva o a la revuelta. Nostálgicos de pretensiones heroicas y monumentales, cuestionan la distensión y la convocatoria al humor que solía configurar como eje esencial en sus relatos. Bryce Echenique, escritor apartado de las ambiciones narrativas colosales y homéricas, no quería dar ninguna lección moral ni estaba preocupado por alguna reivindicación o epopeya salvífica. No hay héroes en su concepción, tan solo biografías que se lanzan a vivir y desde allí narrar.

Con su muerte termina el siglo XX de la literatura peruana y también su edad de oro.