Opinión
Periodista y Magíster en Gestión Pública
Como buen seguidor del dios Baco, me interesó muchísimo la nota. Se decía que el componente secreto para estar en forma sin ir al gimnasio era el resveratrol. Según la noticia, el estudio había confirmado que esta sustancia permitiría un mejor rendimiento físico, mayor fuerza muscular y un buen funcionamiento del corazón.
La información se difundió en medios serios y también en los que no lo son. Incluso algunos influencers la repitieron en sus redes.
Sin embargo, grande fue mi decepción –sí, soy de los que cree que los científicos deben buscar la pastilla para no engordar antes que preocuparse por ir al espacio– cuando revisé directamente el estudio publicado por The Journal of Physiology en el 2012. No había vino, no había humanos. Había ratas.
Sí, a un grupo de estos roedores le fue administrado resveratrol, un compuesto polifenólico antioxidante natural presente en la piel de uvas tintas, bayas y vino tinto y conocido por sus propiedades antiinflamatorias y “antienvejecimiento”.
Luego de 12 semanas, los investigadores determinaron que esta sustancia tenía efectos positivos sobre el sistema cardiovascular y muscular de esos pequeños, además de asociarlo a un mejor rendimiento físico al hacer ejercicio.
Entonces, por una mala interpretación, se difundió la idea de que “una copa de vino tinto al día equivale a una hora de gimnasio”. Pero en el estudio no se utilizó vino ni hay evidencias de que el resveratrol cause el mismo efecto en humanos.
Intenté rastrear el origen de la confusión, pero mientras lo hacía, me puse a reflexionar sobre los parámetros éticos usados en la producción de esta nota. Y es que la divulgación científica no es solo “traducir” conceptos complejos; es un acto de mediación de poder.
Cuando un divulgador (sea periodista, científico o influencer) comunica algo, el público suele recibirlo con confianza y él tiene la responsabilidad ética de no traicionarla. Ocultar que algo “todavía no se sabe con certeza” para sonar más convincente es una falta ética. También lo es no declarar si el estudio del que habla fue financiado por una empresa con intereses en el resultado. Además, hay que evitar el efectismo, lo cual implica no sacrificar la precisión para hacer que la noticia sea más impactante.
Finalmente, la divulgación debe dar herramientas al público para que piense por sí mismo, no decirle qué pensar.
Así las cosas, me resignaré a seguir las indicaciones mi nutricionista: “cerrar la boca” y hacer ejercicios.