• SÁBADO 28
  • de marzo de 2026

Opinión

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Entre el aula y el empleo: una brecha sin cerrar


Editor
Denisse Castro Fernández

Coordinadora de la Consultora InHaus de Toulouse Lautrec

  
La brecha no es solo una percepción. Según un estudio de Manpower Group (2025), el 63 % de jóvenes peruanos considera que la falta de experiencia laboral es el principal obstáculo para acceder a un empleo formal. A ello se suma un mercado cada vez más competitivo, donde las empresas priorizan perfiles que ya hayan enfrentado entornos reales de trabajo.

Esta situación genera una contradicción evidente, ya que por un lado las empresas exigen experiencia para acceder a un empleo, pero muchas veces no se generan los espacios necesarios para adquirirla. Como consecuencia, numerosos jóvenes retrasan su inserción al mercado laboral formal o inician su trayectoria en condiciones que no siempre están alineadas con su formación profesional, generando una insatisfacción y descontento de su parte.

Este escenario obliga a repensar el modelo formativo. Si la experiencia es una condición de entrada, no puede seguir siendo un requisito que se adquiere únicamente después de egresar. Integrar proyectos reales con organizaciones dentro del proceso académico permite que los estudiantes apliquen conocimientos, asuman responsabilidades y desarrollen competencias profesionales antes de graduarse.

Asimismo, cuando los estudiantes participan en desafíos reales vinculados con empresas o instituciones, fortalecen sus power skills como el liderazgo estratégico, comunicación efectiva, adaptabilidad, pensamiento crítico y toma de decisiones. Estas competencias, cada vez más valoradas por el mercado, no siempre se desarrollan plenamente en contextos exclusivamente teóricos, sino en los prácticos.

El propio Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo ha reforzado en el 2025 el programa de empleabilidad juvenil, orientado a la capacitación práctica y la vinculación con empresas, reconociendo que la formación debe articularse mejor con la demanda productiva.

Por ello, reducir la distancia entre educación y mercado no es solo una tarea institucional, sino una apuesta por formar profesionales capaces de generar valor desde el inicio de sus carreras. Implica asumir que la experiencia también se construye en el proceso educativo y que la conexión entre las instituciones de nivel superior y la empresa debe dejar de ser eventual para convertirse en parte estructural del aprendizaje y el desarrollo de la vida profesional.