• DOMINGO 29
  • de marzo de 2026

Opinión

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Vilquechico: resistencia y creatividad

Patrimonio arqueológico, sus héroes anónimos y una prolífica producción artística son su legado.


Editor
Fernando Chuquipiunta Machaca

Docente


Este valioso legado de Vilquechico, que cada 27 de junio celebra con fervor su nacimiento político-administrativo, se inserta dentro de una cosmovisión andina profundamente sagrada, en la que la naturaleza, la historia y lo espiritual se entrelazan armónicamente. Uno de los emblemas más significativos de este pensamiento es el célebre palacio Inca Laqaya, situado en Vilquechico. Según la tradición histórica y oral, su construcción se atribuye al mismísimo Manco Inca Yupanqui, líder de la resistencia incaica tras la caída del Cusco. Este recinto no solo habría servido como refugio estratégico durante su repliegue frente a la invasión española, sino también como centro ceremonial y político en el Collasuyo. El palacio Inca Laqaya constituye, así, un símbolo tangible de la lucha por la soberanía andina y un testimonio de la persistencia cultural de los pueblos quechuas y aimaras en medio del proceso colonizador.

Entre las figuras más emblemáticas de la historia local destaca el legendario Marco Inca Yupanqui, cuyo nombre resuena en la memoria colectiva de Vilquechico como símbolo de liderazgo y resistencia. Nacido en el Cusco en 1515, Marco Inca es recordado por haber vencido al cacique Huáscar en una etapa convulsa del Tahuantinsuyo. Posteriormente, ante las amenazas de la invasión española y la persecución por parte de las huestes de Atahualpa, buscó refugio en tierras de Vilquechico, donde se asentó durante un período significativo.

Desde el majestuoso palacio Inca Laqaya, proclamó su supremacía sobre el imperio y reorganizó sus fuerzas, con el firme propósito de recuperar el Cusco y hacer frente al avance del conquistador Francisco Pizarro. Aunque su figura no ocupa un lugar protagónico en los relatos oficiales de la historia inca, su prolongada permanencia en Vilquechico le confiere un lugar central en la tradición oral de la región. Allí, su legado se mantiene vivo como ejemplo de resistencia indígena y como una presencia ancestral que reafirma el vínculo espiritual entre el pueblo y su pasado inca.

En tiempos más recientes, Vilquechico fue cuna de héroes patriotas como Ignacio Ruedas Cordero, enrolado en el Glorioso Batallón Huancané durante la Guerra del Pacífico. Su destino es incierto, ya que no regresó del campo de batalla del Alto de la Alianza, donde se presume que encontró la muerte. Otro hijo de esta tierra, Marcelino Ochoa, también luchó valientemente en esa guerra junto a otros soldados aimaras y quechuas, entre ellos Félix Olazával Romero, Sebastián Ajahuana Ccama, Antonio Riveros Miranda, Anselmo Morales, Nicolás Lanza y Mariano Perea, quienes sacrificaron sus vidas en defensa de la patria.

En el ámbito artístico, Carlos Augusto More Barrionuevo ocupa un lugar destacado. Aunque nacido en Arequipa el 6 de noviembre de 1903, vivió durante años en Vilquechico, donde dirigió la Colonia Indígena de Producción Textil. Fue un reconocido pintor del grupo de los Independientes y amigo íntimo del poeta universal César Vallejo. Su muerte trágica el 26 de enero de 1944 dejó una fuerte huella en la comunidad; su corazón fue enterrado simbólicamente en Qakuña (Huancané), mientras el resto de sus restos fueron trasladados a Lima.

Vilquechico también se ha proyectado como un espacio de fecunda producción intelectual. Entre sus escritores y pensadores figuran:

Andrés Espinoza Cordero (1933–1995), Benito Mamani Condori (1941–2021), Miguel Sucapuca Machaca (1947), Néstor Mamani Larico (1966), Miguel Paucar Apaza (1966) y Walter Mamani Larico (1985).

El arte visual también florece en Vilquechico, gracias a figuras como Elio Huancapaza Huanca (1975), un artista plástico cuyas acuarelas han sido expuestas tanto en el Perú como en el extranjero, elevando la belleza del paisaje altiplánico mediante la expresión pictórica.

Vilquechico no es solo un espacio geográfico, sino también un símbolo de resistencia, creatividad y memoria. Su legado perdura por medio de su patrimonio arqueológico, sus héroes anónimos y una prolífica producción artística que lo consolida como un baluarte de la identidad aimara y altiplánica.