Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Cientos de docentes de más de 75 y 80 años laboran con dedicación y entusiasmo, cuando, y como corresponde a su ciclo laboral, deberían estar cuidados por pensiones de jubilación honorables. Sin embargo, con la actual estructura de retiros, es inexistente un reconocimiento financiero decoroso. Salvo contadísimas excepciones (amparadas en una antigua norma que igualaba su última remuneración), jubilarse arrojaría a la mayoría de nuestros maestros universitarios a la precariedad más extrema.
La falta de un soporte de pensión justa y decente extiende forzosamente la edad de retiro. De hecho, la anula y la elimina: no hay más límite para jubilarse. Esto ha originado que la curva cronológica de los docentes en las universidades públicas tenga un inmenso segmento de adultos mayores, con todo lo que ello conlleva. Si bien su empeño y afán incansable en el campus son sumamente valiosos, es esencial que su dedicación de toda una vida a la enseñanza e investigación retorne con una jubilación respetable, como corresponde a sus méritos. Es verdad que también algunos ven esta ventana como una oportunidad de vocación y prestigio para seguir laborando.
Se ha creado un nudo gordiano que a la vez limita el flujo natural y necesario de recambio generacional y de paradigmas. Pero mientras no exista una cesantía adecuada, legítima y meritoria, los maestros, con todo derecho, seguirán desplegando sus conocimientos y experiencias en los recintos. Por ello, es urgente que se manifieste una propuesta legislativa en esa línea para reparar una falla evidente del sistema de seguridad social.
Mientras esta situación se mantenga, las instituciones tienen que sostenerlos a través de programas sólidos de protección de salud y de facilitación de los nuevos y demandantes mecanismos tecnológicos. Aunque esto desplaza la responsabilidad de una brecha sistémica hacia la gestión localizada. La universidad debe pedir recursos para sostener esta inédita y creciente situación. A la par, deben combinar su aporte con los otros segmentos etarios, reconociéndolos dentro del modelo universitario con dispositivos de gestión respetuosos y de ubicación pertinente en la cadena de responsabilidades.
El sistema universitario, en vez de castigarlos, debe aceptarlos bajo una perspectiva holística e integral, con adaptables estándares de colocaciones que permitan a nuestros maestros seguir aportando a la universidad y no, como ocurre ahora, recordarlos solo con obituarios.