Desde los estudios clásicos sobre efectos de campaña, se ha sostenido que estas tienden principalmente a reforzar predisposiciones existentes más que a transformar preferencias políticas (Lazarsfeld et al., 1944). Décadas después, esta idea ha sido matizada, pero no revertida sustancialmente: incluso en contextos de alta exposición mediática, los cambios de opinión masivos siguen siendo poco frecuentes, aunque no inexistentes y, en general, condicionados por factores como el nivel de información previa.
Este patrón encuentra un sustento sólido en la teoría del razonamiento motivado desarrollada por Lodge y Taber (2013). Según estos autores, los ciudadanos no procesan la información política de manera completamente neutral: las evaluaciones suelen originarse en respuestas afectivas automáticas, y la deliberación posterior tiende a justificar esas intuiciones.
Ello no implica que los votantes sean incapaces de reconsiderar sus posiciones, pero sí sugiere que, en la mayoría de los casos, la razón opera más como un mecanismo de validación que como una herramienta de descubrimiento.
En esa misma línea, estudios sobre comunicación política han mostrado que los ciudadanos interpretan la información a través de marcos previos que condicionan su lectura de los hechos (Iyengar, 1991). Aplicado al caso de los debates presidenciales, esto implica que el espectador no llega como un juez imparcial, sino como alguien que ya tiene cierta inclinación previa. Tal perspectiva no determina la irrelevancia de los debates.
Como señalan Jamieson y Birdsell (1988), estos eventos cumplen fun ciones importantes: informan, estructuran la competencia y ofrecen atajos cognitivos al electorado. Sin embargo, su capacidad de persuasión directa es, en la mayoría de los casos, acotada.
Con algunas salvedades, más que cambiar opiniones, tienden a reforzarlas. No obstante, los debates sí pueden tener efectos más visibles en los indecisos. La investigación muestra que, en estos casos, el impacto no proviene tanto del contenido argumentativo como de la percepción de desempeño.
Estudios como el de Druckman (2003) evidencian que la percepción de quién ganó un debate puede influir en las evaluaciones de los candidatos y, en ciertos contextos, asociarse con la decisión de voto. Este punto adquiere especial relevancia en sistemas con débil institucionalización partidaria, como el peruano, donde alrededor de un tercio del electorado aún no ha definido su voto. En escenarios fragmentados y con baja identificación partidaria, incluso pequeños desplazamientos pueden alterar el resultado electoral.
De ahí se desprende una consecuencia estratégica: en los debates, los candidatos no compiten tanto por persuadir como por no equivocarse. Estos espacios pueden ser más riesgosos que rentables: un error puede redefinir una candidatura, mientras que un buen desempeño puede ganar el respaldo de quienes ya estaban predispuestos.
En suma, los debates no transforman masivamente las preferencias, pero sí pueden ordenarlas en contextos de incertidumbre. Más que espacios de deliberación racional, operan como escenarios donde se organizan, filtran y reafirman percepciones políticas. Y en una elección con un alto número de indecisos, esa percepción puede terminar siendo importante en el resultado electoral.