• SÁBADO 4
  • de abril de 2026

Opinión

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La urna vacía de sentido

Mientras el Perú formal siga diseñando elecciones para sí mismo, no existirá un cambio real.


Editor
Jeng-Cheng Nakazaki

Profesor de la Facultad de Comunicación. Universidad de Piura


¿En qué momento el peruano dejó de sentir que, cuando participa, algo puede cambiar? Concluir que “falta más pedagogía cívica”, que “el JNE debe comunicar mejor”, o que “falta información” es un error común de las élites; es el diagnóstico de quien nunca salió del “Perú formal” y no entiende que la desafección, es decir, el distanciamiento progresivo del ciudadano respecto al sistema político, puede provenir de la ausencia de traducción real de la política en la experiencia del ciudadano. La desafección no es ignorancia ni rebeldía: es apatía política. Y es que, ¿para qué participar en un sistema que te margina?

La realidad es que nunca hemos tenido tal cantidad de datos en tiempos electorales. Entonces, el problema no es que falten infografías, sino que el ciudadano desconectó totalmente hace mucho, y nadie en la élite parece haber registrado el momento exacto en que eso sucedió.

El Perú opera con dos realidades que rara vez se tocan. El Perú formal, el de los empresarios, los politólogos y la élite informada, quienes debaten la bicameralidad y los umbrales de las primarias como si eso le importara a alguien sin contrato laboral. Y el Perú informal, conformado por la mayoría del país, que trata la política como ruido de fondo. No con hostilidad, sino con indiferencia, porque no lo ve chocar con su día a día. La política no intercepta con la vida cotidiana de esa mayoría y, en ese sentido, simplemente no existe.

La realidad supera a la encuesta. En los resultados del IEP, encontramos que el 60% de los peruanos considera a las elecciones generales “muy importantes” y para un 18% son “algo importantes”; pero, ese juicio declarativo no se corresponde con las acciones concretas. El desinterés y la desafección revelan que, si el voto no fuera obligatorio, una parte significativa de los peruanos probablemente no acudiría a las urnas, no porque desconozca las opciones, sino porque no se siente representada por ningún candidato ni por ningún partido.

Deberíamos preguntarnos con preocupación si la fractura política ha llegado a un punto de no retorno o si aún podemos hacer algo más por unir al país. Ya no podemos decir que es la ideología lo que divide; es el sentido de pertenencia. De un lado, están quienes todavía se sienten parte del proyecto político del país, aunque sea para oponerse a él; del otro, quienes ya no se sienten parte de ningún proyecto.

El “no sé cómo votar” se traduce, sin eufemismos, en “votar o no votar no cambia nada en mi vida”. Esa frase merece más atención que cualquier porcentaje de desaprobación parlamentaria.

De este escenario al peor de los populismos hay un paso muy corto. Un electorado desafecto no delibera; espera. Espera el estímulo correcto, el candidato que llegue desde la rabia o desde la propuesta romántica. Si el 57% no ha decidido su voto a estas alturas del proceso, no es porque esté sopesando planes de gobierno, es porque todavía no apareció nada que justifique salir del letargo. Esto es terreno fértil para cualquier mesianismo con buena producción comunicacional y explica lo ocurrido en las primeras rondas de debates organizados por el Jurado Nacional de Elecciones.

Desde los espacios académicos y desde quienes formamos comunicadores, estos datos tendrían que incomodarnos. No para mejorar el folleto del JNE, sino para preguntarnos seriamente por qué la ciudadanía percibe que el sistema no le pertenece. Esa pregunta no aparece en los programas de educación cívica, no está en los diarios, no está en los medios de comunicación; tampoco en los partidos, que siguen diseñando sus campañas para un elector que hace tiempo dejó de escucharlos.

El peruano aprenderá a votar cuando sienta que tiene algo real que ganar con ello. Mientras el Perú formal siga diseñando elecciones para sí mismo, no existirá un cambio real. Es un aviso, y tiene forma de urna.