Opinión
Comunicador y gestor cultural, cofundador de Ciudad Librera
En ¡Crear o Morir!, Andrés Oppenheimer narra cómo Gastón Acurio entendió algo esencial: una industria cultural no crece desde la competencia salvaje, sino desde la colaboración organizada. La cocina peruana no se volvió relevante porque cada chef guardara su receta como un secreto de Estado, sino porque compartieron saberes, ingredientes, técnicas y –sobre todo– un relato común. No competían por devorarse al comensal, competían por ampliar la mesa.
Ese boom gastronómico –que no supera los veinticinco años– nació cuando cocineros formados fuera regresaron al Perú y decidieron no imitar a Francia o España, sino reinterpretar lo propio. La tradición fue el insumo; la innovación, el método; la comunidad, la estrategia.
Ahora pensemos el libro con ese mismo lente. Hoy la industria editorial peruana funciona como una cocina donde cada quien esconde sus ingredientes mientras el fuego se apaga. Pocos lectores, pocas bibliotecas, pocas librerías y libros cuyo precio puede equivaler a un día entero de salario mínimo. Frente a ese panorama, en lugar de cocinar a fuego lento nuevos públicos, el sector opta por la fritura rápida del descuento.
La Feria Internacional del Libro es el mejor ejemplo de esta paradoja. Editoriales que durante el año ofrecen a librerías márgenes mínimos, en feria venden directamente con descuentos del 50%. Es como si un restaurante mayorista vendiera platos a pérdida frente a las pequeñas fondas del barrio y luego se preguntara por qué desaparecen los espacios donde se forma el paladar cotidiano. Esa práctica no dinamiza el mercado: lo canibaliza.
En gastronomía, Acurio entendió que sin mercado interno no hay proyección internacional. Por eso promovió ferias, escuelas, circuitos, proveedores locales. En el libro ocurre lo contrario: se piensa primero en la venta puntual y después –si queda tiempo– en la formación del lector. Es una inversión al revés.
La industria del libro en el Perú hace exactamente lo contrario: exprime al lector existente, ignora al potencial y se sorprende por la piratería. Pero la piratería, como la comida callejera informal, también es un síntoma de demanda insatisfecha. ¿Dónde están las ediciones populares, accesibles, pensadas para ese lector que sí quiere leer pero no puede pagar? En gastronomía, nadie se escandaliza porque exista un menú económico o del día; se entiende como parte del sistema.
Otro símil es el turismo cultural. La cocina peruana convirtió restaurantes en destinos. El libro podría hacer lo mismo con librerías. Existen espacios bellísimos que podrían ser polos culturales y turísticos –como el Ateneo en Buenos Aires–, pero falta articulación. En lugar de circuitos de librerías, tenemos islas. En lugar de agendas compartidas, agendas solitarias.
El Estado tampoco escapa a esta lógica fragmentada. Premiar autores sin acompañar su circulación internacional es como felicitar a un chef y dejarlo cocinar solo en su casa. Si de verdad se quiere impulsar la literatura, los premios nacionales deberían venir con traducciones, residencias, presencia en ferias internacionales y estrategias de largo plazo. El talento sin sistema es apenas una promesa.
La gastronomía peruana triunfó porque entendió algo simple y radical: nadie se salva solo. Editoriales, librerías, distribuidoras, autores y Estado deben asumir que formar lectores no es filantropía, es supervivencia. Compartir catálogos, actividades, experiencias y públicos no debilita al sector: lo fortalece.
En el fondo, el problema no es la falta de lectores. Es la falta de una cocina común. Y mientras cada quien siga defendiendo su pequeña olla, el libro seguirá sirviéndose frío, caro y para pocos.