• LUNES 13
  • de abril de 2026

Opinión

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Elecciones 2026: el peso del marketing digital

Más allá del algoritmo, el verdadero terreno de la elección continúa siendo la memoria, la identificación y la confianza.


Editor
Jose Eduardo Espinoza Zúñiga

Mg. en Marketing digital, docente de la USIL


 

Es en este momento decisivo en el que podrá constatarse si las estrategias desplegadas por los candidatos centradas en redes sociales, viralidad y posicionamiento digital realmente lograron influir en el voto. Lo ocurrido en esta campaña abre una pregunta clave que atraviesa el análisis: ¿hasta qué punto el marketing digital conecta con el elector peruano?

Durante esta campaña, los candidatos desplegaron una batería de estrategias propias del entorno digital: desde colaboraciones con creadores de contenido hasta la producción intensiva de formatos como reels, transmisiones en vivo y pódcasts. Sin embargo, la gran interrogante persiste: ¿todo ese esfuerzo digital realmente influyó en la decisión del voto?

Diversos estudios internacionales como los del Reuters Institute y DataReportal han mostrado que más del 70% de los jóvenes de entre 18 y 24 años consume información política a través de redes sociales, especialmente en formatos cortos como video. En el Perú, esta tendencia se replicó parcialmente, sobre todo en zonas urbanas.

En ese contexto, los equipos de campaña apostaron por estrategias de alto impacto digital, priorizando alcance, engagement y recordación por encima de profundidad ideológica. El objetivo fue claro: instalar al candidato en la mente del votante joven.

Uno de los formatos más utilizados fue el reel, pieza clave en plataformas como Instagram, TikTok y Facebook. Su lógica responde a la economía de la atención: mensajes breves, emocionales y altamente compartibles y se pueden clasificar de la siguiente manera:

Reels testimoniales: ciudadanos “comunes” validando al candidato, generando cercanía y confianza.

Reels de romanticismo digital: construcción narrativa del candidato como figura humilde, de origen sencillo, que “viene desde abajo”.

Reels de confrontación: fragmentos de debates o declaraciones polémicas diseñadas para viralizarse.

Reels educativos simplificados: propuestas resumidas en pocos segundos, muchas veces con lenguaje coloquial.

Reels de trends y bailes: adaptación de tendencias virales para humanizar al candidato y hacerlo más relatable.

Reels emocionales: uso de música, storytelling y edición para generar empatía o indignación.

A esto se sumaron los lives, donde los candidatos buscaron proyectar autenticidad y cercanía en tiempo real, y los pódcasts políticos, una herramienta cada vez más utilizada por partidos para desarrollar narrativas más largas y legitimar sus propuestas fuera del formato tradicional.

Uno de los fenómenos más visibles fue la participación de figuras digitales. Sin embargo, no todos cumplen el mismo rol estratégico.

Clasificación dentro del ecosistema digital:

Influencer: tiene la capacidad de modificar comportamientos, opiniones o decisiones. Su valor radica en la credibilidad e incidencia real sobre su audiencia.

Creador de contenido: se enfoca en producir piezas virales o entretenidas. Su impacto está más ligado al alcance que a la persuasión.

Amplificador digital: cuentas o páginas que replican contenido político para aumentar visibilidad, sin necesariamente generar influencia directa.

Vocero digital: perfiles alineados ideológicamente que defienden activamente a un candidato o partido.

Durante la campaña, muchas estrategias confundieron estos roles, invirtiendo recursos en creadores con alta visibilidad, pero baja capacidad de influencia real en la decisión de voto.

¿Más presupuesto digital significa más votos? El despliegue de inversión en marketing digital fue significativo. Sin embargo, la evidencia sugiere que un mayor gasto no garantiza resultados electorales. Estudios del MIT y la Universidad de Oxford han señalado que si bien el contenido digital puede reforzar creencias existentes, su capacidad para cambiar la intención de voto es limitada, especialmente en contextos de alta indecisión o desconfianza política.

En ese contexto, la estrategia del marketing político se convierte en la ilusión de la viralidad. Uno de los principales errores estratégicos de la mayoría de los candidatos a la Presidencia de la República es asumir que ser viral equivale a influencia. Un video con millones de visualizaciones no necesariamente se traduce en votos. La viralidad genera visibilidad, pero no siempre construye confianza, y en política, la confianza continúa siendo un factor decisivo.

La campaña ha dejado una lección clara: la política puede adaptarse a los formatos digitales, pero no puede depender únicamente de ellos. Porque en elecciones, la atención no siempre se convierte en intención, la interacción no garantiza convicción y la viralidad no asegura el voto.

En un escenario donde todos compiten por segundos de atención, gana quien logra permanecer en la mente del ciudadano cuando enfrenta la decisión final. Más allá del algoritmo, el verdadero terreno de la elección continúa siendo la memoria, la identificación y la confianza.