Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
En un rincón, arrumados entre otros, aparecen títulos de conocidos escritores mediáticos, celebrados en las redes pero, al parecer, castigados a ser una torre ofertada junto a textos de autoayuda.
Es una antesala del infierno del olvido. Que se haya llegado a esa situación de venta por peso, en búsqueda de lectores compasivos, puede ser una táctica de recuperación del costo inicial, pero también es posible sea un signo del declive de un autor.
Esa temida zona, además con grandes y llamativos letreros que anuncian el cadalso público, tiene un valor cultural posible y rescatable ya que encuentra también, cual llamada de auxilio, a su último y piadoso lector. Es una solicitud para que aquel ciudadano tenga en sus manos la oportunidad de conocer un universo de historias desconocido. No siempre el talento se identifica en su época, tal vez el tiempo quiera equilibrar un reconocimiento que aún no se ha dado.
Esta situación adquiere un matiz particular cuando quienes están en esa ruma son escritores que conocemos y apreciamos. La reflexión es inmediata; la acción, sin embargo, no tanto. El debate interno e intenso aparece. Uno comienza a preguntarse si se debe comprar la totalidad de los ejemplares restantes para minimizar el posible oprobio del estatus de descuento y, de esa manera, proteger el prestigio y la buena imagen del amigo. Pero la cantidad de libros en rebaja correspondientes a quien queremos cuidar es ya inalcanzable para los siempre oscilantes bolsillos; la duda se instala y asumimos que es una empresa imposible.
Eso no evita el dilema y el pudor que aparecen ante la ganga mostrada. Incluso al comprar las obras en liquidación del amigo aparece una especial sensación de sutil perfidia. Es que creemos profunda y lealmente que no merece estar en el sector de rebajas extremas. Hay territorios que son el limbo de los libros, preámbulos de lo desconocido, precedentes de un agujero negro devorador de memorias.
¿Y qué sucede si el mencionado autor pasa por el lugar y observa sus propias producciones en la franja de liquidación? ¿Qué sentiría? ¿Se interrogaría profundamente sobre las razones de su estatus de saldo? Tal vez ni le importe, y simplemente se lo tome deportivamente, cogiendo una canasta para aprovechar los precios baratos y todavía con la tristísima posibilidad de que nadie los compre.