• MARTES 14
  • de abril de 2026

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Está afiliada al programa JUNTOS

Rosalía Cano, la reina de los picarones al paso

Un emprendimiento exitoso, con sabor a tradición

En la esquina del paradero “Pablitos”, una fila de fieles comensales se forma antes incluso de que ella llegue. Algunos miran el reloj con impaciencia, otros levantan la cabeza al escuchar el rechinar de ruedas sobre el pavimento. Los picarones, los deliciosos picarones, están por llegar. 


Rosalía tiene 30 años de edad. Ella, no solo lleva consigo una receta familiar, sino también una historia hecha de esfuerzo, de sabor y mucha determinación. 

Nació en Yanaoca, en la provincia altoandina de Canas, creció entre tradiciones y ollas de barro. Desde niña supo que la cocina era su lugar en el mundo, aunque el camino no fue fácil en su vida. 

Su sueño de estudiar gastronomía quedó en pausa por razones económicas, pero nada le impidió aprender. Fue mesera, ayudante, cocinera; en cada restaurante de Cusco donde trabajó, absorbió técnicas, secretos y sazones que hoy aplica con maestría desde su modesto carrito. 

Una operación a la vesícula cambió su rumbo. Dejó el empleo y, con ello, nació la idea de emprender. “Después de la operación sentía que no podía con el ritmo de un restaurante, pero también supe que era momento de empezar algo propio”, recuerda.

Fue entonces que apostó por lo que mejor sabía hacer: picarones. Con sus pocos ahorros, compró lo necesario y salió a la calle a ganarse el día, sin más publicidad que el olor irresistible de su masa frita. Al principio, nadie la conocía. Los días eran largos y las ventas escasas. Pero el buen sabor y la calidad, siempre encuentran su camino. 

Una llamada telefónica, cambió su vida

Por aquella época ya se encontraba gestando. Lo curioso es que vendía sus picarones en una acera frente al local de la Unidad Territorial Cusco del programa Juntos, pero no conocía nada del programa del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social… hasta que un día recibió una llamada telefónica que cambió su vida. 

Un gestor local le informó que había sido preseleccionada para afiliarse al programa Juntos, por cumplir dos condiciones básicas; encontrarse gestando y, también, por ser socioeconómicamente pobre. 

Una vez afiliada a Juntos, Rosalía recibió el incentivo monetario que entrega el programa a sus usuarios, por cumplir con el compromiso de acceder al paquete integral de salud y asegurar que el bebé naciera fuerte y sano. 


Además, el gestor local la acompañó en todo momento. No solo la orientó en temas de salud y desarrollo infantil, sino que, conocedor de su emprendimiento, la invitó a participar en las ferias productivas organizadas por Foncodes, en articulación con el programa Juntos, abriéndole todo un abanico de oportunidades, hasta entonces desconocidas para ella. 

Así, encontró una red de apoyo y un espacio para desarrollar sus habilidades culinarias, que se convirtieron en una fuente de ingresos sostenibles. En cada feria Rosalía ganaba confianza, mejoraba su atención al cliente y descubría nuevas formas de comercializar sus productos. Entendió, por ejemplo, la importancia de tener una cuenta con YAPE y un QR visible para facilitar el pago de sus clientes. 

Desde entonces la fama de sus ricos picarones fue creciendo no solo en las ferias, sino también en su nuevo punto de venta, el paradero “Pablitos” de donde no se movería más.

La lección de la experiencia

En el paradero “Pablitos” los comensales empezaron a degustar sus deliciosos picarones, preparados bajo un proceso artesanal que fue perfeccionado con el tiempo. Camote y zapallo hervidos con clavo de olor y canela, mezclados con harina y azúcar, fermentados con mucha paciencia y amor, hasta lograr la textura ideal. “Este detalle del reposo lo fui descubriendo sola. No estudié cocina, pero cada intento fue una lección”, dice orgullosa. 

Sus clientes ya la conocen, la buscan y esperan. Es más, en algunas ocasiones en las que no puede salir a su punto de venta, no falta quien toque la puerta de su casa para preguntar si va a vender picarones ese día. 

El negocio lo maneja sola, aunque recibe el apoyo de su esposo Juvenal -quien trabaja como ayudante en obras del distrito-cuando tiene que preparar grandes cantidades de picarones para ferias o eventos particulares. 


Su pequeño Kevin, de solo dos años, la acompaña siempre y juega sin preocupaciones con un carrito amarillo sin ruedas, mientras su mamá se dedica a deleitar paladares. 

Como aún no asiste al jardín y no tiene quién lo cuide, Rosalía organiza su jornada según los horarios del niño. Así, mientras él duerme, prepara la masa, y por las tardes, cuando sale a vender, lo lleva con ella. Si necesita ausentarse brevemente para atenderlo, deja el puesto en manos de su amiga de confianza, Marta, quien cuida su negocio con cariño. 

El éxito de Rosalía no solo se mide en platos vendidos, sino en el cambio de vida que ha logrado gracias a su emprendimiento. Ahora mira el futuro con optimismo, sabiendo que, a corto plazo, podrá comprarle a su hijo un nuevo carrito con el cual pueda jugar y, sobre todo, garantizarle un futuro con mejores oportunidades de las que ella tuvo.