Lo que resulta incomprensible es que alguien interpretara el clasificador como ¡un etnónimo!
Dr. Carlos Arrizabalaga
Lingüista. Profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Piura
En esto de poner nombres a los grupos étnicos ha habido de todo. Marcos Jiménez de la Espada, el gran editor de las relaciones geográficas de Indias, señalaba algunos “nombres equivocados” que aparecían, por ejemplo, en los informes del gobernador Salinas de Loyola (1571), como los de Giutara y Guevara “que están por Gibara o Jíbara”. Agustín de Zárate (1555) resumía: “a unos llaman yungas, a otros tallanes y a otros mochicas”; pero, el término quechua “yunga” resulta aquí demasiado esquivo, porque podía designar a todos los grupos costeños sin distinción.
El francés Alcides D’Orbigni decía que existen pocas naciones que tengan tantos nombres distintos, como los mapuches y sus diversas denominaciones. Estos se deben, en general, a los lugares que frecuentan, y hacen pensar que se trata de gentes diversas, cuando solo los ubicaban en el espacio: puelches (hombres del este), huiliches (hombres del sur), etcétera. Cuando más lejanos, más difícil de identificarlos, y así el francés ponía en duda los diversos nombres que les daban a los fueguinos, incluso por algún autor “que nunca los vio” (D’Orbigni no había visto a varias naciones que poblaban el Chaco, pero ahí se fía de las descripciones que había hecho Azara); en cualquier caso, durante todo el siglo XIX, varios seguirán discutiendo si eran dos, tres o cuatro tribus, mientras D’Orbigni piensa que todos eran uno, tanto al interior de Tierra de Fuego como en las orillas del estrecho de Magallanes.
Otro asunto es el de las atribuciones gratuitas. La profesora Linda Grabner-Coronel (2005) pensaba que los nombres de gallinazos y mangaches (que en La casa verde se refieren, tomados de la realidad, a los vecinos de los dos antiguos barrios rivales de Piura) habrían sido “identidades étnicas” de grupos indígenas aculturados.
Más allá de distinciones imprecisas y de atribuciones disparatadas, encontramos un último caso aún más sorprendente. Cuando Mike González, profesor de Literatura latinoamericana de la Universidad de Glasgow, traduce cuatro capítulos que no se incluyeron de la primera edición anglosajona de El mundo es ancho y ajeno (1941), habla de un personaje fugaz de la región minera de Morococha: “A simple Chacan Indian from Pucara”. Es decir, “una sencilla india chacana de Pucará”. Pero, en ningún sitio a lo largo de todos los cuantiosos estudios andinos se mencionará nunca la existencia de tal grupo étnico “chacana”. Además, la chacana es otra cosa muy distinta en el mundo andino.
El profesor escocés traduce equivocadamente un pasaje de la novela de Ciro Alegría, tan llena de desgracias. Es una de las noticias apuntadas en el capítulo XVII: “Una sencilla india chacanía de Pucará fue cogida por el tren y dejó la vida y su cuerpo mutilado sobre los rieles”. El profesor Carlos Villanes Cairo (Yauli, 1945 - Madrid, 2020), en su cuidada edición de la novela, define chacanía como “persona migrante, desconocida y muy pobre”. Antonio Raimondi en sus cuadernos de viaje había anotado que ese nombre se les daba “a los arrieros de llamas que bajan los metales de las minas, o que sirven al transporte del carbón, sal, etcétera”. Y, en la novela podría interpretarse mucho mejor así, como referente a su oficio. Uno de los viejos informes mineros estudiados por José Deustua lo acredita: “Cada hacienda tiene un grupo de llamas bajo la supervisión de un arriero, llamado chacanía”.
Es muy posible, en cualquier caso, que el término hubiera cambiado de significado, cien años después, por la pérdida de su referente para cuando Villanes Cairo tuvo conciencia de su significado (confirmando así la pobreza de los arrieros). La palabra “chacanía” no aparece en ningún diccionario de peruanismos. Solo el padre Vargas Ugarte recogía un antiguo verbo “chacanear”, como sinónimo de transportar cosas a lomos de mula. Es derivado del quechua chacnay ‘amarrar’, y se formó también como un híbrido con sufijo castellano.
Lo que resulta incomprensible es que alguien interpretara el clasificador como ¡un etnónimo! Esperemos, de todos modos, que no haya otros más que nos confundan, haciéndonos creer en la existencia de naciones antiguas con nombres peregrinos que, en realidad, nunca existieron.