Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
En otros casos, la preciosidad del tipo y tamaño de las letras, su perfecta simetría, su caja exacta, la hilación de las palabras como un mantra que se ondula infinitamente entre ellas. Cada palabra impresa es una ofrenda y una apología pública a sus posibilidades gráficas. Bien armado, como un rompecabezas estético que anuncia un acto que está más cerca de la contemplación que de su revisión inminente. Ante ese tipo de artefactos queda la unción, la reverencia inevitable, la gracia potenciada por la selección tipográfica.
Claro, también la calidad de las hojas interiores, su espesor y gentileza ante el tacto, el aroma de fervor vegetal que emana, su dignidad de árbol, convertido en registro de una eternidad ansiada. En esa veneración táctil hay siglos de hermandad entre la naturaleza y nosotros, una comunión inminente.
Así, esta maravillosa creación humana es insuperable. Su fabricación masiva rompió su condición de acceso secreto de algunos pocos. Esta democratización, entendida como acción de emancipación, ha permitido que el conocimiento sea compartido y, además, registrado. Cada libro es una puerta, una singularidad para el lector. Es tan peculiar el impacto que existen tantos como cada quien ha leído. Porque el vínculo de la lectura es bidireccional, nos acercamos con lo que somos y, muchas veces, salimos convertidos en otros, transformados como una eucaristía espléndida.
Y ese vínculo, la mayoría de las veces como un acto solitario, un hallazgo único, solo para nosotros, en el que podemos quedar atrapados por una historia bien contada, enganchados a un mundo alterno que nos seduce. O puede ser un verso, brillante y bello, con su musicalidad cautivante, que nos hipnotiza y al que nos entregamos absortos. En esa fascinación tan personal hemos encontrado que individuos han escrito para nosotros, pensando en que nos encontraría, la botella al mar lanzada, y que justo queda ante nuestros ojos. Embelesados asumimos que esas precisas palabras fueron talladas como profecías.
Por eso, los libros, nuestros mejores acompañantes en los que los humanos han mostrado su corazón colectivo, tanto sus posibilidades de imaginación como de sus abismos interiores, son un goce inefable, un deleite que nos pertenece. La felicidad se parece a estar siempre con libros: leyéndolos.