Llikachpa Musuq Qhatukunata: cuando el quechua se conecta con nuevos mercados
Sus manos, que desde niñas aprendieron a hilar la fibra de alpaca y a bordar símbolos de su cosmovisión, hoy descubren que un celular puede ser tan útil como sus herramientas de tejer, y que las redes sociales pueden abrir caminos tan amplios como las rutas que rodean el nevado de Ausangate.
Durante años, la belleza y calidad de su trabajo fue reconocida solo en sus comunidades cercanas. Sus tejidos viajaban en mochilas de turistas o se ofrecían tímidamente en ferias locales, sin posibilidad de trascender fronteras. Las barreras lingüísticas, el bajo nivel educativo, la exclusión digital y la falta de oportunidades impedían que sus creaciones llegaran más lejos.
Mi Independencia Económica, se encargó de identificar a las usuarias con emprendimientos activos y, con el apoyo de la ONG World Vision y el Programa Nacional PAIS, elaboraron módulos de capacitación en su lengua materna, el quechua. Esa iniciativa se llama Llikachpa Musuq Qhatukunata, que significa “Conectando nuevos mercados”.
Victoria Ochoa, usuaria del programa Juntos, recuerda su miedo inicial al enfrentarse a la tecnología: “Al principio no sabía nada, me daba miedo incluso agarrar el celular, pensaba que iba a malograrlo si presionaba algo. Pero ahora me siento feliz, orgullosa con lo que estoy aprendiendo. Antes no sabía ni manejar el celular. Hoy hago publicidad y vendo por estos medios”, dice con una sonrisa que refleja más confianza que temor.
Ella es una de las 49 usuarias de Juntos, que recibieron capacitación en su propia lengua materna. Los módulos no solo enseñaron cursos como gestión de negocios y alfabetización digital, sino que, además, también respetaron el ritmo, la cosmovisión y la forma de aprender de estas comunidades.
“Nos articulamos con el programa Juntos para incorporar a las beneficiarias que ya tenían una actividad productiva en este caso, la artesanía. Trabajamos módulos en los Tambos tecnológicos sobre alfabetización digital, cámaras fotográficas, planes de negocio, todo adaptado a su cultura y su idioma”, explica Edwin Pucho, facilitador de World Vision.
Formación con rostro humano
El proceso fue pensado como un camino de varias etapas. El primero, escuchar. Los gestores locales, la mayoría quechuahablantes, realizaron diagnósticos participativos en donde las mujeres emprendedoras contaban sus saberes, necesidades y sueños. Esa escucha sentó las bases de la confianza.
Luego vinieron los talleres bilingües, donde aprendieron a costear sus productos, usar el celular para tomar fotos de calidad, hacer catálogos virtuales, promocionarse en redes sociales y atender clientes en mercados tradicionales. La metodología no fue teórica ni rígida; se usaron recursos visuales, orales y prácticos, siempre valorando la experiencia de cada mujer.
La tercera etapa fue conectar con el mundo digital desde los Tambos del Programa PAIS. Allí, muchas de ellas tuvieron por primera vez acceso a computadoras, internet y programas para diseño. En esos espacios también aprendieron a registrarse en la SUNAT, generar marcas y coordinar envíos.
“Antes no sabíamos ni qué era tener RUC. Ahora ya pensamos en vender con boleta y en que nuestros tejidos tengan su marca”, cuenta orgullosa otra de las participantes.
Finalmente, se consolidaron asociaciones, fortaleció el liderazgo comunitario y se abrió un camino colectivo. Hoy, las seis asociaciones textiles participantes están formalizadas, integran a usuarias de Juntos y han encontrado en la colectividad una fuerza renovada.
Resultados que transforman
Los cambios son palpables. Antes, estas mujeres solo vendían en la ruta del Ausangate a los turistas que practicaban trekking de aventura. Hoy, usan WhatsApp Business, Marketplace y redes sociales para mostrar y vender sus productos. Por si fuera poco, el 100 % de las asociaciones maneja billeteras digitales como Yape y Wayki.
Los ingresos también mejoraron. En promedio, cada feria les deja hasta S/ 350 adicionales gracias al uso de billeteras digitales y a la organización colectiva. Además, el 100 % de las asociaciones ahora participa en ferias comerciales articuladas por el programa Juntos, algo impensable hace apenas un año.
Antes, estas artesanas solo pensaban en vender sus productos en la plaza, a los turistas que pasaban. Ahora saben que pueden llegar a más personas; saben que sus chullos, ponchos y mitones pueden estar en cualquier lugar del mundo, gracias a las fotos que ellas mismas les toman a sus tejidos para un catálogo virtual.
Pero quizá el cambio más profundo no está en los números, sino en la autoestima. Mujeres que antes callaban en reuniones comunitarias, hoy enseñan a otras cómo manejar el celular o cómo abrir una billetera digital. Las que temían equivocarse con un botón, ahora lideran su propia vitrina virtual.
Tradición y tecnología, un camino seguro
El problema de fondo no era solo económico. En Cusco, el 69 % de la población tiene al quechua como lengua materna, solo el 25 % accede a internet y menos del 10 % usa herramientas digitales con fines productivos. Además, la discriminación cultural y la informalidad limitaban aún más las oportunidades.
La iniciativa Llikachpa Musuq Qhatukunata demostró que la clave está en respetar la cultura y la lengua, en formar con pertinencia y en articular esfuerzos. Allí donde antes había miedo y silencio, hoy hay liderazgo y sueños.
En lo alto de Ocongate y Ccatcca, donde la helada cubre los campos al amanecer, mujeres quechuas tejen algo más que mantas de alpaca, están tejiendo un futuro diferente. Sus hijos las ven tomar fotos con el celular, publicar en redes y conversar con clientes que ya no solo son turistas de paso, sino compradores de otras regiones y hasta del extranjero.
Al transmitir sus saberes, estas madres no solo preservan la cultura de su pueblo, también enseñan a las nuevas generaciones que tradición y tecnología pueden caminar juntas. Como lo resume Victoria Ochoa: “Nuestros hijos van a saber tejer, pero también queremos que sean profesionales. Que nunca olviden.
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