Editorial
El turismo es, ante todo, una industria intensiva en empleo. Cada visitante que llega activa una cadena que involucra transporte, hospedaje, gastronomía, comercio, guías turísticos y servicios culturales. En un país con brechas persistentes de empleo formal y con profundas desigualdades territoriales, el turismo representa una de las herramientas más eficaces para dinamizar economías locales, especialmente en regiones donde otras actividades productivas tienen menor desarrollo. Su impacto, además, no se limita a los grandes centros urbanos: se extiende a comunidades rurales, zonas altoandinas y destinos emergentes que encuentran en esta actividad una oportunidad de integración al mercado.
Los datos del Mincetur también revelan un aspecto alentador: la diversificación de mercados emisores. Si bien Sudamérica continúa liderando el flujo turístico, la presencia sostenida de visitantes de Norteamérica, Europa y Asia abre una ventana de oportunidades para incrementar el gasto promedio por turista y fortalecer segmentos especializados, como el turismo cultural, gastronómico y de naturaleza. Este proceso, no obstante, requiere políticas sostenidas que permitan consolidar al Perú como una oferta diferenciada y de calidad.
No obstante, el balance positivo no debe llevar a la complacencia. El país aún enfrenta una agenda pendiente que resulta impostergable si se quiere alcanzar la meta de cuatro millones de turistas al cierre del 2026. La infraestructura sigue siendo uno de los principales cuellos de botella. La concentración del 59.4% de ingresos en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez evidencia la urgencia de diversificar puntos de acceso y mejorar la conectividad interna. Carreteras, aeropuertos regionales y servicios de transporte requieren inversiones que garanticen no solo mayor flujo, sino también mejores condiciones de viaje.
A ello se suma la necesidad de reforzar la seguridad ciudadana, un factor decisivo en la percepción internacional del destino. Asimismo, la formalización del sector, la capacitación del capital humano y la sostenibilidad ambiental deben ser ejes centrales de cualquier estrategia de crecimiento. El turismo no puede expandirse a costa del deterioro de los recursos que precisamente lo hacen viable.
El dinamismo del turismo emisivo, por su parte, refleja una recuperación del poder de consumo de los peruanos, pero también plantea el reto de fortalecer la oferta interna para retener ese gasto dentro del país. Incentivar el turismo doméstico, en paralelo al receptivo, es clave para consolidar un desarrollo equilibrado.
El Perú tiene en el turismo una oportunidad tangible de crecimiento inclusivo. Los avances son evidentes, pero el desafío radica en sostenerlos con políticas coherentes, inversión estratégica y una visión de largo plazo que convierta este impulso en un motor permanente de desarrollo.