PROGRAMA JUNTOS. “Confecciones doradas” el futuro de Chuquibamba
Mujeres emprendedoras tejen su negocio con hilos de esperanza
En el distrito de Chuquibamba, provincia de Chachapoyas, dos mujeres tejen no solo ropa, sino también dignidad, identidad y esperanza.
Bertila Acuña Saldaña y Haydelit Rojas Tacilla no solo comparten vecindad y la herencia del tejido que aprendieron desde niñas, sino también un emprendimiento que han levantado con esfuerzo, paciencia y fe en el futuro, cuyo nombre es Confecciones Doradas.
En un rincón del distrito de Chuquibamba, provincia de Chachapoyas, donde la economía depende en gran parte del cultivo de la tierra y el comercio informal, ellas han decidido cambiar la historia con hilo, aguja y determinación.
Experiencia y capacitación
“Siempre hemos sabido tejer. Nuestras madres nos enseñaron cuando apenas teníamos fuerzas para sostener los palillos”, recuerda Bertila, acomodando con delicadeza una chompa sobre la mesa de madera. Alisan, doblan y miran. Cada prenda lleva algo más que hilo; lleva horas de conversación, recuerdos, silencios compartidos, y ahora, también sueños de independencia económica.
El taller, aunque modesto, está lleno de vida. Una máquina semiindustrial ocupa una esquina; en otra, madejas de lana multicolor esperan su turno para transformarse en abrigo. Entre ambos puntos, una mesa sirve de superficie para cortes, bocetos y diseños. Todo está hecho por ellas, y cada rincón tiene su historia. “Aquí empezó todo. Es chiquito, pero es nuestro espacio”, dice Haydelit con una sonrisa tímida, pero llena de orgullo.
El giro en sus vidas llegó gracias a un proceso de aprendizaje que fue más allá del tejido. Primero, a través del programa Juntos, del que ambas son usuarias desde hace años, que les brindó formación en educación financiera, producción y emprendimiento; y más recientemente, con el proyecto Haku Wiñay, de Foncodes, que las ayudó a desarrollar su negocio. Con ese acompañamiento, lo que antes era un talento familiar pasó a convertirse en una fuente de ingresos sostenible.
“Antes tejíamos para la casa, o para vender una que otra prenda. Ahora lo hacemos con metas. Sabemos cuánto cuesta, cuánto debemos invertir, cuánto podemos ganar”, explica Haydelit, quien combina su rol como madre de dos hijos con el trabajo en el taller.
Bertila también ha encontrado en el negocio una forma de contribuir con su familia y de enseñarle a su hija que el trabajo digno puede construirse desde el propio hogar. “Lo más bonito es que nuestra hija ve que podemos salir adelante sin dejar de ser quienes somos”, dice.
Tejer con esperanza
Fue en octubre del 2024 cuando decidieron formalizar su proyecto. El nombre no fue difícil de escoger: Confecciones Doradas, en honor al brillo de la lana cuando está frente al sol, y también por el valor de su esfuerzo. Desde entonces, sus creaciones ya no solo abrigan cuerpos, sino también posibilidades. Han empezado a recibir encargos, participar en ferias y mostrar que, desde las alturas de la sierra amazónica, también se pueden crear empresas con identidad.
“Antes todo era a mano, con esfuerzo. Ahora con las máquinas avanzamos más rápido, pero seguimos poniendo el mismo cariño”, asegura Bertila. Esa combinación de tradición y modernidad se ha convertido en su sello.
Hoy, Bertila y Haydelit siguen soñando. Sueñan con ampliar el taller, capacitar a más mujeres del anexo y abrir una tienda propia. Pero más que eso, sueñan con que sus hijas e hijos vean que, incluso desde los márgenes, se puede crear, emprender y transformar la realidad.
En Chumbol, donde la neblina muchas veces cubre el paisaje, ellas han logrado hacer visible lo invisible. Con cada prenda que crean, están hilando un relato de resiliencia, identidad y progreso.
Tejido, arte y cultura
El taller también es un lugar de encuentro comunitario. Otras mujeres del caserío se acercan para aprender o pedir prendas personalizadas. “Nosotras queremos que más mujeres se animen. No todas pueden salir a trabajar lejos, pero sí aprender a tejer y a generar ingresos desde su casa”, comenta Haydelit.
La tradición textil en el Perú tiene raíces milenarias. Desde los mantos Paracas hasta los tejidos Wari, la textilería ha sido una forma de arte, comunicación e identidad cultural. “Tejer no es solo hacer ropa. Es parte de nuestra historia, de nuestra cultura. Cuando tejemos seguimos lo que hacían nuestras abuelas, estamos manteniendo viva una tradición que viene de siglos atrás”, reflexiona Bertila.
En Chumbol, a 2300 metros sobre el nivel del mar, el tejido también es una forma de resistencia frente a la pobreza. La falta de oportunidades laborales y la migración forzada, han dejado a muchas mujeres a cargo del hogar. “Aquí no hay muchas oportunidades. O trabajas en el campo o te vas. Nosotras decidimos quedarnos y luchar desde aquí”, afirma Haydelit con determinación.
Una alianza exitosa
Las dos madres de Juntos han logrado comercializar sus prendas en ferias locales y en la provincia cajamarquina de Celendín. “Ya hemos vendido en Chuquibamba, Sorochuco, incluso nos han pedido desde Cajamarca. Eso nos da fuerza para seguir, porque vemos que nuestro trabajo vale”, comenta Bertila.
Sus productos no solo se venden por su calidad, sino también por la historia que llevan. Cada chompa tejida en “Confecciones Doradas” es el resultado de horas de trabajo, paciencia y amor. “Cuando alguien compra una de nuestras prendas no está llevando solo ropa, lleva un pedacito de nuestra vida, de nuestra lucha”, dice Haydelit.
Ambas mujeres coinciden en que el apoyo de los programas sociales ha sido clave, pero también reconocen que, sin su propio esfuerzo, nada hubiera sido posible. “Nos dieron las herramientas, pero si nosotras no hubiéramos querido, no estaríamos aquí. Hemos trabajado duro, hemos aprendido, nos hemos caído y levantado”, señala Bertila.
El sueño de “Confecciones Doradas” es seguir creciendo y formalizarse. Quieren tener un local propio, registrar su marca y llegar a vender en otras regiones. “Sabemos que no es fácil, pero creemos que es posible. Cada día damos un paso más”, afirma Haydelit.
En Chuquibamba, dos mujeres tejen no solo ropa, sino también dignidad, identidad y esperanza. Su taller, aunque pequeño, es un espacio donde se construye un nuevo tejido social, uno donde las mujeres tienen voz, autonomía y un lugar propio en la economía local.