• MIÉRCOLES 29
  • de abril de 2026

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El 1 de mayo en el Mundialito de El Porvenir


Editor
Ricardo Montero

Periodista


El epicentro de este fenómeno es la sexta cuadra de Parinacochas, una calle que desde 1950 sirve de escenario al Mundialito de El Porvenir, un torneo de fútbol callejero que nació como un acto de rebeldía frente a la prohibición de jugar en las pistas. Son más de siete décadas de transformación del asfalto en la cancha más exigente del país, un hito histórico donde la identidad victoriana demuestra que la pasión por el balón tiene una ley propia.

Buena parte de mi vida transcurrió en Parinacochas, desde mi infancia hasta los primeros años de mi juventud. Me mudé de allí hace decenas de años, pero lo cierto es que nunca me fui del todo. Aún me veo pisando sus veredas y colgándome de los balcones de edificios brutalistas para ver los partidos. Eso me carga de orgullo, y no es para menos, pues el 1 de mayo, en nombre del fútbol callejero, se sufre y, también, se goza en El Porvenir.

El Mundialito de El Porvenir ha dejado de ser un simple torneo deportivo para transformarse en un rito cultural. Cada 1 de mayo la calle se cierra, las tribunas de metal crujen bajo el peso de miles, el aire se carga con el olor al sudor bravo de los jugadores y el cielo, enredado en cables de electricidad, aguanta la respiración.

Es un fenómeno complejo de descifrar para sociólogos, pero para nosotros, los victorianos, es identidad en estado puro. El Mundialito es el espejo de la resistencia frente a la prohibición de jugar en las calles; de la gastronomía de carretilla; de la elegancia servida en plato de plástico; de la cerveza helada bebida a pico de botella, de la salsa brava de Héctor Lavoe y del ritmo del Conejo Malo que hoy marca los regates en la cancha.

En El Porvenir el fútbol es “macho”, pero también lírico. Es ver a un tipo que cargó bultos toda la semana en Gamarra convertirse, por pocos minutos, en el héroe de la cuadra.

Cuando el 1 de mayo el árbitro pite el final y el campeón levante la copa entre una lluvia de cerveza y abrazos sudorosos, entenderemos que esa esencia es inmortal, porque mientras haya una pelota, un grupo de amigos dispuestos a patearla hacia el arco y el orgullo de pertenecer al distrito más popular de Lima, el Mundialito seguirá siendo el corazón popular de la ciudad.

El barrio me grita desde una ventana, me abraza y me pone a prueba. En El Porvenir no se juega por el trofeo, se juega por el respeto. Y el respeto, en La Victoria, vale. La vida podrá alejarme de El Porvenir, pero el barrio es una raíz persistente. Por más lejos que camine, seguiré pisando su cemento en cada paso que dé.