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  • de abril de 2026

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Suplemento Jurídica: Día del Trabajo abre paso a derechos laborales ante impacto de la IA. Retos regulatorios

¿El futuro del trabajo que queremos... o que podemos?


Editor
Paul Cavalié Cabrera

Docente universitario PUCP. Especialista en Derecho del trabajo. Miembro de la segunda sala del Tribunal de Fiscalización laboral de Sunafil


Este primero de mayo, al observar el calendario y detenernos en la conmemoración del Día del Trabajo, consideramos importante más que quedarnos en el solo formalismo de una conmemoración, avanzar en una reflexión sobre el trabajo, los trabajos, sus nuevas formas de despliegue y su consiguiente regulación, su impacto en el mercado laboral, y hasta aventurarnos en el futuro. 

Es decir, sumar al tradicional reconocimiento del trabajo como un hecho vital que moldea nuestra propia condición humana, el análisis de algunos factores que influyen hoy en su materialización, la mayor parte de los cuales se desencadena de la inventiva y el comportamiento humanos, por lo cual debemos hacernos responsables. No estamos atravesando, pues, una simple época de cambios; estamos habitando un cambio de época que puede alterar sensiblemente nuestra clásica identidad como seres productivos.

En la conferencia internacional que llevó a cabo en el 2019 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) por sus 100 años, y donde se abordó “El futuro del trabajo que queremos”, su entonces director general, Guy Ryder, afirmó categóricamente que “el futuro del trabajo será forjado con acciones humanas y no simplemente mediante las fuerzas de la tecnología, la globalización u otros factores externos”. 

En efecto, en la medida en que los seres humanos tenemos incidencia y entramos en juego con los factores que nos circundan, somos, finalmente, los responsables de los impactos que ellos desencadenan. Por tanto, el futuro del trabajo no es un destino geográfico prefijado al que inexorablemente llegaremos por inercia, sino un tejido que estamos hilando hoy con avances técnicos, pero también con decisiones de política laboral que deberán adoptarse.

Habitantes de la incertidumbre: El mundo VICA

Para comprender el vértigo que muchos trabajadores sienten hoy, nos parece pertinente recurrir al economista argentino Alejandro Melamed (“El futuro del trabajo y el trabajo del futuro”); según dicho “futurólogo del trabajo”, vivimos en (y por tanto, trabajamos en) un mundo “VICA”, acrónimo que alude a: volátil, incierto, complejo y ambiguo y que intenta explicar por qué las estructuras jerárquicas y los planes de negocios rígidos -propios de la era industrial- ya no funcionan en la economía digital que viene ganando terreno en nuestros días. Esta etiqueta no es, por tanto, un mero academicismo: es un intento por describir cómo se van perdiendo las certezas, a las que siempre hemos sido adeptos. 

Para Melamed, en el nuevo mundo del trabajo el valor profesional ya no depende únicamente del conocimiento acumulado, sino de la capacidad de aprender, desaprender y volver a aprender de manera permanente, por eso, su empleabilidad dependerá de ese comportamiento. Ya no bastaría entonces con ser eficientes, ahora tendremos que ser ágiles, rápidos para adaptarnos a cambios que muchas veces no avisan. ¿O acaso no recordamos cómo se aceleró en el mundo el uso de las tecnologías en el ámbito laboral, producto de la irrupción de la pandemia del covid-19 y el confinamiento al que estuvimos obligados?

La “uberización” de la economía es quizás el síntoma más visible del actual proceso, y, como siempre solemos señalar, la inteligencia artificial -que constituye hoy su herramienta emblemática- se viene convirtiendo en una suerte de “puente tecnológico” que conecta deseos y necesidades, que lo hace además con una eficiencia asombrosa, pero que a la par instala el riesgo de convertir al empleador en una entidad invisible (ya se venía hablando del concepto de “empleador difuso”), abriendo paso a la dilución de las responsabilidades legales en una nube de algoritmos.

El lugar de trabajo fisurado y las nuevas generaciones

En el Informe central por el centenario de la OIT “El futuro del trabajo que queremos” se hace mención de que, a nivel de organización productiva, estamos presenciando la consolidación del “lugar de trabajo fisurado”: ello en referencia a que las grandes corporaciones han fragmentado sus funciones a través de la tercerización y la subcontratación, logrando reducciones de costos pero generando, al mismo tiempo, una brecha peligrosa para fiscalizar el control real que ejercen y la responsabilidad que asumen por las condiciones laborales de sus trabajadores. En este entorno, el empleador tradicional parece “desaparecer” tras redes complejas donde aparecen proveedores y franquicias, dejando muchas veces al trabajador en una situación de intemperie jurídica.

El panorama se vuelve aún más complejo al analizar a las nuevas generaciones. Quienes interactuamos con ellos, como es mi caso, a través de la docencia, percibimos que, para los jóvenes de hoy, el criterio de éxito parece haber cambiado drásticamente. Un grueso significativo de ellos ya no valora la reputación del empleador ni la fidelización laboral por años siguiendo una línea de carrera, o la percepción de un salario abultado por encima de todo; lo que asoma más bien es la búsqueda de la calidad de la experiencia laboral.

Son los inquilinos pacíficos de un mercado fragmentado donde lo normal es transitar por empleos a corto plazo que, lamentablemente, a menudo carecen de la protección social mínima necesaria. El reto para nosotros, los académicos y legisladores, es crear puentes sólidos entre un sistema educativo que suele ser lento y un mercado laboral que cambia a una velocidad exponencial.

El futuro del Derecho del Trabajo: un traje nuevo para el trabajo humano

Aquí es donde nuestra reflexión se torna más urgente y, quizás, más crítica. El Derecho del Trabajo, como disciplina jurídica, nació para regular a la fábrica y al obrero subordinado de la era industrial, sin embargo, ese traje no entalla plenamente hoy con la realidad productiva. Es alarmante constatar que la relación de trabajo típica -aquella que se sustenta en el elemento definidor de la subordinación- apenas cubre a menos de un tercio de la población mundial con empleo. Los dos tercios restantes está compuesto por autónomos, trabajadores de plataformas e informales, quienes viven en una suerte de exilio jurídico.

¿Qué futuro le aguarda entonces a nuestra disciplina? No se trata de su desaparición, sino de una transformación profunda e impostergable. El Derecho del Trabajo del mañana debe dar un paso decisivo: dejar de limitar su protección al trabajador subordinado y extenderla a todas las formas de trabajo humano, sin importar si son autónomas o dependientes. Persistir en la subordinación jurídica como único criterio definidor resulta hoy claramente insuficiente. La realidad ya nos desborda, evidenciando nuevas formas de dependencia -económica, tecnológica y organizativa- que exigen una respuesta normativa a la altura de su complejidad.

La propuesta que debería orientar nuestra agenda es la construcción de una “Garantía Laboral Universal”, noción impulsada en el plano internacional por la Organización Internacional del Trabajo, especialmente a partir del informe elaborado en el marco de su centenario. Con esta idea, la OIT plantea la necesidad de establecer un piso común e inderogable de derechos laborales aplicable a toda persona que trabaja, con independencia de la forma jurídica que adopte su vínculo.

Bases de una nueva gobernanza laboral

El diseño de un marco legal moderno debe ser cada vez más compatible con la complejidad del mercado laboral actual. En primer lugar, es urgente pugnar por una protección universal; la dignidad humana debe recuperar su lugar central, estableciendo límites claros al control empresarial y a la vigilancia tecnológica para salvaguardar la intimidad, la dignidad y la salud mental del personal.

De otro lado, la normativa debe ser flexible; necesitamos leyes menos rígidas y más enfocadas en principios que puedan adaptarse a ese entorno volátil y de cambio permanente que hemos repasado. Este contexto exige también un ajuste en las reglas de responsabilidad empresarial, ya que la fragmentación de los servicios o la tercerización no pueden ser excusas para eludir las obligaciones laborales.

En esta misma línea, es fundamental regular el uso de algoritmos en la gestión de los recursos humanos, asegurando que toda decisión automatizada sea transparente y cuente con supervisión humana, que, por lo demás, son principios que el mundo laboral reconoce y la naciente legislación sobre inteligencia artificial reconocen. Finalmente, ante un mercado cada vez más disperso, la negociación colectiva debe reinventarse y la empleabilidad de las personas debe ser vista como un compromiso compartido entre el Estado, las empresas y los trabajadores para asegurar que nadie se quede fuera del sistema. 

El diálogo social como motor de paz

Finalmente, hay algo que no podemos perder de vista: ninguna de estas transformaciones será legítima si no se construye desde el diálogo social. Los sindicatos, en ese escenario, tienen un reto claro, ya que deben dejar de responder únicamente a la lógica del trabajo tradicional y adaptarse para representar también a quienes hoy trabajan en plataformas, en condiciones precarias o fuera de la empresa clásica. El diálogo entre el Estado, los empleadores y los trabajadores sigue siendo una herramienta clave para sostener la paz social, pero ya no puede quedarse en los actores de siempre; debe abrirse también a quienes forman parte de esta nueva realidad laboral.

Del mismo modo, el sistema de normas del futuro no puede descansar únicamente en la sola adopción de convenios internacionales que, en la práctica, muchos Estados ni siquiera cumplen. En un país como el Perú, donde la alta informalidad laboral sigue siendo la regla y no la excepción, esta limitación se vuelve aún más evidente, pues gran parte del trabajo ocurre al margen de una protección jurídica efectiva.

Por ello, se requiere un enfoque más amplio y realista en el que no solo el Estado fortalezca su capacidad de supervisión, sino también donde las empresas y los propios consumidores asuman un rol activo. Esta nueva mirada supone, por ejemplo, que los consumidores valoren y exijan productos elaborados en condiciones justas, y que las empresas asuman responsabilidad real por toda su cadena de valor, incluyendo a proveedores y contratistas que muchas veces actúan en la informalidad laboral, más allá de lo que ocurre dentro de sus estructuras formales.

Este primero de mayo, mi conclusión como laboralista y como ciudadano transita por una reafirmación ética del valor del trabajo. Para decirlo en palabras de Juan Somavía, ex director general de la OIT: “El trabajo no es una mercancía, el trabajo es un elemento central para la dignidad humana”.