• VIERNES 1
  • de mayo de 2026

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Quo vadis, Renacyt?


Editor
Adan Ríos Delgado 

Periodista y Magíster en Gestión Pública


Pero para entender de qué se trata hay que retroceder un poco en el tiempo. El 2015, Concytec creó Regina, un sistema de calificación de investigadores. Su objetivo era verificar capacidades, servir de estándar mínimo para ciertas funciones académicas y de investigación, y procurar la formación de círculos o equipos de investigación.

A partir del 2018 pasó a llamarse Renacyt, con un sistema de calificación y clasificación más complejos y con categorías. Desde entonces empezó a exigirse el registro para que el Estado financie proyectos de investigación, así como otorgar bonos a quienes se encontraban en los primeros niveles.

El 2021, las categorías fueron eliminadas y se establecieron ocho niveles. Sus críticos observaron que los criterios se inclinaron más a las ciencias naturales que a las sociales. Además, se bajó la valla para el ingreso de estudiantes. Con la creación del Sinacti, el registro quedó incorporado a la nueva gobernanza nacional de la ciencia y la tecnología.

Esta política, sin embargo, no es una novedad. Países como Brasil, con su plataforma Lattes; y México, con el Sistema Nacional de Investigadores, han seguido rutas similares. Sus objetivos son identificar quién es quién en la ciencia local, establecer estándares mínimos de calidad y asignar bonificaciones al buen desempeño.

La diferencia se vuelve abismal cuando miramos hacia Estados Unidos o Europa. Salvo España con su sistema de sexenios, en otras latitudes el Estado no necesita “validar” la calidad de un científico; esa tarea recae en la autonomía de las universidades y centros de investigación, pues se trata de ecosistemas maduros, donde hay abrumadora inversión en CTI. Usan herramientas como Orcid o las bases de datos de la National Science Foundation como instrumentos de interoperabilidad.

Quizá por imitar esta experiencia, en febrero último, a través del Decreto Legislativo N.º 1727, se pasó la labor de calificación y clasificación de investigadores a las universidades y centros de investigación, previo reglamento emitido por el Concytec.

Se abre entonces un nuevo capítulo en esta historia y en medio de una crisis mundial de integridad científica. Por eso la pregunta es: ¿nuestro Sinacti está realmente en condiciones de fijar estándares como los sistemas maduros, o es más bien como un gallito de las rocas desorientado, que intenta volar como un águila calva antes de haber fortalecido plenamente sus propias alas?