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El mundo quedó paralizado para Karina, quien tenía a su hijita frente a ella, con su carita intacta, su pelo aún suave… pero Mía ya no iba a despertar. Y ahí, en la sala del hospital, no esperó consuelo, no esperó preguntas.
Con el corazón roto, pero con una claridad que solo tienen las madres, les dijo a los médicos: “Doctores, quiero donar los órganos de mi hijita. Quiero que Mía siga viviendo en el cuerpo de otros niños”. Y así ocurrió. Donó sus córneas, hígado y riñones en beneficio de pacientes del Instituto Nacional de Salud del Niño San Borja (INSNSB) del Minsa.
El equipo de la Unidad de Procura y Trasplante de Órganos y Tejidos del INSN San Borja actuó con profesionalismo, humanidad y respeto por la familia. Su labor fue silenciosa, pero vital: acompañaron en el duelo, informaron sin presionar e hicieron posible que la voluntad de donar se concrete con la ablación de los órganos.
El deceso de Mía ocurrió en julio del 2025, cuando tenía 7 años, en un hospital del distrito de Los Olivos. Anteriormente, había recibido atención especializada por parte de un equipo multidisciplinario del INSN San Borja, donde permaneció internada durante tres meses, luego que perdiera el conocimiento a causa de un primer episodio de aneurisma. Esa vez, fue intervenida quirúrgicamente, mostró grandes progresos y retomó sus actividades cotidianas.
Pero una tarde, cuando regresó a casa luego del colegio, mientras conversaba con sus papás, pidió que le compren plumones nuevos. Fue mientras almorzaba su plato favorito: tallarines verdes. Luego se recostó a descansar en el mueble de la sala. Transcurría el tiempo y no despertaba, fue cuando Karina se alarmó y notó que la niña estaba inconsciente. En el hospital le diagnosticaron muerte encefálica.
Tras recibir esta triste noticia, no hubo sugerencia ni recomendación sobre qué hacer, solo hubo una madre que decidió, en el día más doloroso de su vida, regalar vida. Una vida que se multiplicó, porque las córneas de Mía le devolvieron la luz a dos niños que no conocían los colores, sus riñones sacaron de diálisis a dos pequeños que ya no jugaban con sus amigos, y su hígado le dio años de vida a otra niña con las ilusiones de cualquier infante, reír, estudiar, jugar con sus amigos, sentir el amor de su familia.
En la sala de su casa, Karina y Víctor Joel, papás de Mía, han levantado un altar hermoso con sus fotos, sus muñecas y peluches favoritos. “Mía era luz. Y esa luz no se apagó. Está en otros niños. Donar fue mi forma de seguir siendo su mamá”, señala Karina.
Por su parte, Víctor Joel, con la voz entrecortada, agrega que “en el altar le hablo todos los días. Le digo que estamos orgullosos de lo valiente que fue siempre. Eso nos da paz”.
Maternidad eterna
La directora general del INSNSB, Dra. Zulema Tomas Gonzales, resalta que “en vísperas del Día de la Madre, Karina nos dio una gran lección. Ella no nos preguntó qué hacer, sino que nos dijo cómo quería proceder, ‘que mi hija siga viviendo’. Ese es el amor de madre en su estado más puro, el que piensa en otros hijos cuando el suyo ya partió. Mía se fue, pero se quedó en cinco niños. Eso es maternidad eterna”, refiere.
“En este Día de la Madre, honramos ese desprendimiento genuino y amoroso, y también hacemos un reconocimiento especial a la Unidad de Procura y Trasplante de Órganos y Tejidos del INSN San Borja porque su labor es el puente entre el dolor de una despedida y la esperanza de un nuevo comienzo”, sostiene.
Este segundo domingo de mayo, Karina no recibirá la tarjetita de Mía que hacía en el colegio, no la peinará para la foto, no recibirá toda su ternura y atenciones cuando regresaba a casa luego de vender en el mercado, pero sabe que, en algún lugar, un niño vio el amanecer por primera vez gracias a las córneas de su hija, que otros niños corren sin dificultad en el parque, y que una madre, como ella, abrazó a su hija viva gracias a su decisión.