• LUNES 11
  • de mayo de 2026

Opinión

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REFLEXIONES

Vestigios pandémicos


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario


Es que esas marcas históricas, urbanas, semienterradas son apenas los signos gráficos de uno de los momentos más dolorosos y cuya profundidad aún sobrellevamos. Entre las huellas físicas se asoman los rastros más íntimos, aquellos que han estructurado, acaso, nuestra forma de reenfocar las cosas. Salvo que sea una desmemoria seleccionada y sin aprendizaje, se entiende que la mayoría ha aprendido algo de semejante proporción desatada de pena y desolación.

También aparecieron los negacionistas, un grupo de partidarios de teorías conspiranoicas que, a pesar de las evidencias científicas, insistían en cuestionar la calamidad colectiva y suponer peligrosamente que era una ficción o un proceso inexistente como resultado de una intriga global. Que todo ese sufrimiento masivo era tan solo un complot de fuerzas oscuras que habían maquinado la conjura. Pero no solamente se rehusaban a aceptar la existencia del virus sino que deslegitimaban cualquier lucha para responder desde los métodos científicos. Concebían los sucesos como un universo paralelo en el que el nocivo contubernio era permitido para atacar la defensa de la vida a través de las vacunas.

Además, el aislamiento, que en el caso peruano se extendió desproporcionadamente por casi tres años, resignificó los vínculos y, a la par, originó toda una serie de nuevas patologías y escenarios mentales que seguimos padeciendo. Esta situación ha recibido poca atención por parte de quienes son responsables de administrar adecuadamente la salud mental. Tanto tiempo en cuarentenas y encerramientos obligatorios generó un espectro de reacciones psicológicas que persisten y ha originado brechas de magnitudes incalculables. Nadie ha salido indemne de esa tragedia.

Se confirmó que el Perú carecía de un sistema social adecuado para vigilar y proteger la vida. Las inequidades se mostraron con toda su letal crudeza y un realismo despiadado. Por eso tuvimos tantas muertes: miles de nuestros compatriotas sin posibilidad de ser amparados, avasallados por la inclemencia y la inhumanidad interiorizada.

En definitiva, una situación tan dramática significó la eclosión tanto de la atrocidad como de lo mejor de sociedad: su inagotable solidaridad, su infinita compasión y la resistencia del afecto en medio de un periodo desgarrador.