De la maceta a la chacra, la historia de un dulce emprendimiento de fresas
Han pasado ya cuatro años desde que Doris, una huanuqueña de 36 años de edad, inició su emprendimiento de cultivo, venta y procesamiento de fresas que, a la fecha, se ha convertido en la principal fuente de ingresos para su familia.
“Estaba en una feria en Huánuco cuando de pronto vi unas plantas de fresa y, sin pensarlo mucho, compré una. No tenía intenciones de sembrarla, solo quería tenerla en casa”, recuerda Doris.
Pero con el pasar de los días, su esposo y sus cinco hijos, vieron con asombro cómo esa pequeña planta se llenaba de color y belleza, al brotar de sus frágiles ramitas seis frutos grandes, rojos y carnosos, que desbordaban el macetero y daban, además, vida a su modesto hogar.
“Nos las comimos todas y estaban deliciosas”, cuenta Doris, quien agregó que al cabo de unas semanas vio, con la misma sorpresa de la primera vez, como la planta había dado nuevos y apetitosos frutos. “Entonces se nos prendió el foquito”, asegura, llevándose un dedo a la cabeza. “Si así produce una sola planta, ¿cómo sería en una chacra grande?”, se preguntó.
Las papas por fresas
La familia de Doris siempre se dedicó a la siembra de papa, como todos los de su pueblo, San José de Páucar, ubicado en el distrito de Amarilis, en Huánuco. Pero la sobreproducción que a veces se genera, tira por los suelos los precios del tubérculo, por lo que no les costó mucho decidir cambiar las papas, por las fresas.
Así, utilizaron media hectárea de terreno donde antes sembraban papa y compraron dos mil plantas de fresas, que trajeron desde Huaral. “Apostamos todo lo que teníamos”, cuenta Doris.
Pero había un pequeño problema. Ni Doris, ni su esposo Ponciano, tenían experiencia sembrando fresas. Sin embargo, ese detalle no los detendría, así que buscaron información en internet y se embarcaron en el emprendimiento.
“Empezamos a sembrar solo viendo videos en YouTube”, confiesa Ponciano, sonriendo y rememorando el tiempo en que sus plantas, que regularmente deberían dar frutos a los cinco meses de sembradas, no producían.
Caídos del cielo
Doris recuerda que precisamente por aquella época ingresaron al programa Juntos, del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (Midis), cuyos abonos aliviaron en parte sus gastos domésticos. Sin embargo, lo más importante para ellos es que, a través de los gestores locales, fueron orientados en su nuevo emprendimiento.
Gracias al trabajo de articulación que realiza Juntos con diferentes instituciones del Estado, la familia recibió asistencia técnica de la municipalidad de Amarilis, del Instituto de Desarrollo y Medio Ambiente y Centro de Innovación Tecnológica Agroindustrial Ambo, entidades que intervienen en la zona.
En la primera cosecha sacaron pocos kilos, nada espectacular, pero eran frutos grandes y jugosos. Cuando las llevaron a vender a la ciudad de Huánuco, a una hora de viaje desde San José de Páucar, la gente prácticamente se las arranchaba. “Es que nuestra tierra es buena y el producto es agroecológico; por eso, son apreciadas por nuestros caseros”, afirma Doris.
Su producción fue creciendo poco a poco con los meses y años: 12 kilos a la semana, 24 kilos a la semana, 36 kilos a la semana, 48 kilos a la semana, hasta superar largamente esa cifra. “Si vendemos ese producto a 6 soles por kilo, tenemos un ingreso cada semana y solo vendiendo materia prima”, refiere Doris.
Para ello, tuvieron que ampliar sus parcelas, comprar más plantas, adecuar su sistema de regadío por aspersión artesanal, comprar plástico para evitar la maleza alrededor de la fresa, buscar asistencia más especializada. Un trabajo duro y parejo que realizaron Doris y Ponciano, con el apoyo de su hija Briyith, pieza clave en su proyecto de crecimiento del emprendimiento.
De materia prima a producto elaborado
Doris anda ilusionada, pues desde hace un tiempo no vende todas sus fresas directamente como materia prima, sino que ha comenzado también a procesarlas. En este avance tuvo mucho que ver su hija mayor, Briyith (21), quien aplicó sus conocimientos como estudiante de la carrera de Industrias Alimentarias, que cursa en el Instituto Superior Tecnológico Aparicio Pomares (Istap), para darle valor agregado a su producto.
Así nació “Estrella Andina”, una deliciosa mermelada concebida artesanalmente, cumpliendo con todas las normas de sanidad requeridas, bien etiquetado y, sobre todo, con un sabor que es del gusto de sus clientes.
Dar el paso al procesamiento y hacerlo de manera familiar, tuvo una historia previa. Primero comenzaron en el centro de producción del Cite Agroindustrial Ambo, que atiende a los productores cuando sus materiales superan los 50 kilos.
Doris y Ponciano llevaban sus productos e insumos adicionales y, por un costo de 52 soles por mano de obra, tenían su mermelada. Pero si contaban con la fresa y una hija con conocimientos en el rubro de la agroindustria, ¿por qué no empezar a hacerlo poco a poco ellos mismos?
Ahora, cada domingo en la noche, padre, madre e hija se dan el trabajo de elaborar “Estrella Andina”, desde la tarde hasta altas horas de la noche, en un espacio de su casa que han destinado para este fin. Aunque es un trabajo que requiere dedicación, las ganancias lo valen, pues por cada kilo de fresa sacan 7 frascos de 200 gramos, los que se venden a 7 soles cada uno.
La familia de Doris tiene proyectado implementar un centro de procesamiento en un terreno que ya han instalado. “Soñar no cuesta nada”, dice Doris. “Así comenzamos, hemos avanzado, crecido y estamos mejor que antes”, añade.
“Gracias, programa Juntos”
Doris Ponciano y sus hijos están muy agradecidos con el programa Juntos, al que ingresaron en febrero de 2022. Reconocen que, sin el apoyo económico y la orientación del gestor local, quien los estimuló y orientó a desarrollar su emprendimiento, el proceso hubiera sido más difícil.
“Yo quiero que mis hijos sean profesionales y que trabajen mucho. Nada es gratis en la vida y cada uno tiene que abrirse paso, pero si tienen una profesión que los respalde, voy a estar más tranquila”, añade Doris, quien ve con optimismo su futuro.
Ella reconoce que, gracias a Juntos, sus hijos Nayely (16), Dilamdh (11) y Yuliam (7) han interiorizado la importancia de los estudios para lograr un futuro con mayores oportunidades. Además, confía que el último, el pequeño Rusher (3), siga esos pasos.
La familia de Doris siente que la vida les empieza a sonreír. Sus hijas mayores están encaminadas, su emprendimiento sigue creciendo y dejan una gran lección para quien quiera escucharlos, si del cielo te caen fresas, siémbralas, coséchalas y haz mermelada.
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