San Marcos: los elogios del nobel Mario Vargas Llosa a su alma máter
José Vadillo Vila
Periodista
“Nunca me he arrepentido de haber preferido la Universidad de San Marcos, una de las más antiguas de América Latina, fundada por los por los españoles pocos años después de la Conquista, y cuyos alumnos, de origen humilde, a menudo campesinos, se habían ganado, durante la República, la reputación de rebeldes y radicales por su enérgica oposición a todas las dictaduras militares”, recordó Mario Vargas Llosa (1936-2025) desde París, el 9 de febrero de 2023, en su discurso de ingreso como miembro de la Academia Francesa de la Lengua.
La Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), que celebra sus 475 años de creación, dejó una huella profunda en la vida del nobel peruano.
Intensidad y riqueza sanmarquinas
Habían transcurrido menos de cuatro meses desde que había recibido el Premio Nobel de Literatura 2010 cuando la UNMSM lo invitó a recibir la Medalla de Honor Sanmarquina en el grado de Gran Cruz.
Ha quedado inmortalizada la frase que, con voz emocionada, Vargas Llosa pronunció aquel 30 de marzo de 2011, desde el Salón General de la histórica casona: “San Marcos me ha acompañado siempre, como escritor y como ciudadano. Viví aquí una intensidad y una riqueza que me alimentan desde entonces”.
Su discurso fue precedido por el del escritor y académico Carlos Eduardo Zavaleta, quien semanas después fallecería. Zavaleta contaba en sus clases en Letras y, el propio Vargas Llosa lo reconocería justamente aquella mañana, que fue el narrador ancashino quien en el Patio de Letras, “que era por entonces el cuartel general de la literatura peruana”, lo introdujo en William Faulkner, que causarían una profunda huella en las obras del futuro nobel.
Vargas Llosa ofreció un discurso sentido, “lleno de nostalgia y cariño”, porque se trataba de espacios que el propio Vargas Llosa había recorrido: las aulas y los patios de Letras y Derecho de la vieja casona en el centro de Lima, en la década de 1950, cuando fue estudiante universitario.
“Los años sanmarquinos fueron fundamentales para mí: desde el punto de vista intelectual, de mi vocación literaria y también de mi formación cívica. Nunca me he arrepentido de haber ingresado a la Universidad de San Marcos ni de haber pasado aquí seis años”, dijo entonces el autor de La ciudad y los perros.
Recordó que sus años universitarios coincidieron con “años muy difíciles para el Perú”: el ochenio (1948-1956) del general Odría. “Como suelen ser todas las dictaduras, fue violenta, represiva y, por supuesto, muy corrupta”.
Espíritu de libertad
Señaló que en ese país, en 1952, la UNMSM jugó un rol protagónico importante en una huelga contra la dictadura odriísta, y “la universidad pagó muy caro esa actitud gallarda. Muchos estudiantes y profesores estaban presos o exiliados, y la universidad estaba sembrada de confidentes del siniestro director de Gobierno de entonces, Alejandro Esparza Zañartu”, recordó.
A la vez, acotó, San Marcos, a donde el futuro novelista ingresaría a los 17 años, en 1953, fue “uno de los escasos focos de resistencia a la dictadura”. “Era una de las pocas instituciones donde todavía se hacía sentir un espíritu de libertad, de resistencia y vocación cívica, a pesar de los riesgos que eso implicaba”.
En ese sentido, indicó que “San Marcos ha sido, a lo largo de su historia, una institución inconforme, rebelde, donde se soñó con un porvenir distinto para nuestro país. De sus aulas han salido las grandes figuras intelectuales del Perú, en las ciencias y las humanidades. La San Marcos a la que ingresé aún albergaba a esas figuras señeras que marcaron nuestra vida cultural y dejaron una huella indeleble”.
Grandes maestros
En la UNMSM, acotó Vargas Llosa, enseñaban por esos años mentes brillantes como Jorge Basadre, Luis E. Valcárcel, Raúl Porras Barrenechea, José María Arguedas, José Luis Bustamante y Rivero, José de la Riva Agüero, Honorio Delgado y Alberto Hurtado, entre otros.
También en la biblioteca de San Marcos leyó “una novela que me marcó para siempre: Tirante el Blanco, de Joanot Martorell”. “Fue una revelación: comprendí la vocación totalizante de la novela, su capacidad para abarcarlo todo. Desde entonces soñé con escribir una novela que diera esa sensación de totalidad”.
Porras Barrenechea
De todos sus maestros recordaba en especial a Raúl Porras Barrenechea: “nunca oí a nadie que hablara con la elegancia, la sabiduría y el brillo” del historiador y diplomático.
Contaba que la mayoría de los cursos los profesores los dictaban con desgano; sin embargo, resaltaba lo que fue “la mejor experiencia intelectual de mi adolescencia: el [curso] de Fuentes Históricas Peruanas, de Raúl Porras Barrenechea”.
“Porras Barrenechea se agigantaba en el pequeño estrado de la clase y cada una de sus palabras era seguida por nosotros con unción religiosa. (…) tenía el fanatismo de la exactitud y era incapaz de afirmar algo que no hubiera verificado”, recordaba en El pez en el agua (1993). Y fue con Porras con quien trabajó como asistente.
Un pez sanmarquino y Cahuide
En el capítulo XI de su libro de memorias El pez en el agua, Vargas Llosa narra su relación con la UNMSM, desde su preparación para ingresar, en el verano de 1953, del examen de admisión, de su “bautizo sanmarquino” por el que tuvo que trasquilarse “a coco”, de sus tempranas amistadas con Nelly Alba (quien le educaría musicalmente), Rafael Merino, Lea Barba y Félix Arias Schreiber, con quienes compartía pasión por la lectura y preocupaciones políticas; las visitas a la librería de Juan Mejía Baca, en la calle Azángaro; y su paso como militante del Grupo Cahuide, donde usó como seudónimo el de “camarada Alberto” y estuvo solo unos meses.
Pues San Marcos no solo fue la vida académica para el joven Vargas Llosa sino su aprendizaje de la vida cívica y política, participando de las actividades clandestinas en el Grupo Cahuide, “que intentaba reconstruir el partido comunista tras la represión del 52”.
Cita también a este pequeño grupo en su discurso como Premio Nobel de Literatura, “Elogio de la lectura y la ficción” (7 de diciembre de 2010), cuando en los párrafos en los que explica qué es el Perú para él: “Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial.”
Doctor Honoris Causa
Había pasado una década desde que el novelista retomara su relación con el Perú y San Marcos, tras el gobierno de Alberto Kenya Fujimori.
La noche del 17 abril de 2001, la UNMSM le otorgó el grado académico de Doctor Honoris Causa también en el mismo espacio: el Salón General de la histórica casona sanmarquina del Parque Universitario.
“San Marcos se fundó para ser un centro neurálgico de ideas, un semillero de eminencias con la indesmayable misión de volver a hacer, como en los cuentos de Borges, que el Perú encuentre su escurridizo destino”, dijo entonces en un discurso que duró cuarenta minutos.
Aquel regreso al alma máter, en 2001 tiene elementos similares con los del 2011 y fue reproducido en un artículo “Regreso a San Marcos”, que figura en sus volúmenes Diccionario del Amante de América latina (2006) como en El país de las mil caras (2024).
Escribió: “Nunca me he arrepentido de aquella decisión de ingresar a San Marcos, atraído por esa aureola de institución laica, inconformista y crítica que la rodeaba, y que a mí me seducía tanto como la perspectiva de seguir los cursos de algunas célebres figuras que en ella profesaban. La obligación de una universidad no puede ser sólo la de formar buenos profesionales, y menos en un país con los problemas básicos de la civilización y la modernidad sin resolver. Es igualmente imprescindible que contribuya a formar buenos ciudadanos”.
Aquella noche de hace 25 años, el poeta y profesor Marco Martos en el discurso de rigor no se limitó a destacar los méritos literarios (“Lo mejor que puede decirse de los ensayos de Mario Vargas Llosa es que se leen como novelas”) para concederle el título de Doctor Honoris Causa de la UNMSM, citó también “el coraje cívico, la capacidad de ver claro en estos años sombríos para la sociedad peruana”.
Tesis de Rubén Darío
A pocos metros del Salón General, en otra sala, una mañana fría de 1958 Vargas Llosa se había graduado de literato. Su tesis para optar por el Grado Académico de Bachiller en Humanidades se intituló “Bases para una interpretación de Rubén Darío”.
Ese 2001 de reencuentro entre San Marcos y el laureado escritor, el Fondo Editorial de la UNMSM publicó por primera vez en forma de libro el volumen con el que Vargas Llosa había iniciado, en 1958, un camino de ensayista que acompañaría su labor de novelista a lo largo de su exitosa carrera.
“El tema de la tesis se propone en cinco capítulos, con el objetivo de ‘realizar una descripción general de la ideología y la forma poética’, así como indagar el momento en el cual el poeta nicaraguense Rubén Darío identificó su orientación literaria definitiva e innovadora”, resumió Martha Barriga Tello sobre el trabajo universitario vargasllosiano.
(FIN) JVV/JVV
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