Opinión
Periodista
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Para algunas personas, conservar sus desperdicios hasta encontrar un contenedor parece una tarea imposible. Es frecuente observar esta conducta en ciertos conductores que arrojan residuos a la vía pública desde las ventanillas de sus vehículos, como si la velocidad del tránsito o la distancia inmediata bastaran para diluir la responsabilidad moral de sus actos.
Aunque pueda parecer un gesto menor o intrascendente, cada acto de esta naturaleza contribuye silenciosamente al deterioro de la vida colectiva. La basura arrojada en calles, avenidas o bermas no solo degrada el paisaje urbano, sino también transmite además un mensaje profundamente corrosivo: la idea de que el espacio público no pertenece realmente a nadie y, por tanto, tampoco merece cuidado ni consideración.
Las ciudades comienzan a deteriorarse mucho antes de que colapsen sus infraestructuras. Empiezan a erosionarse cuando sus ciudadanos pierden el sentido de corresponsabilidad con el entorno que comparten. Una vereda convertida en basural, una esquina devenida en urinario o un parque abandonado no son solo problemas estéticos; constituyen también síntomas visibles de una fractura más profunda en la relación entre individuo y comunidad.
Después de todo, la corrupción y las grandes faltas éticas del poder no nacen en el vacío. Prosperan con mayor facilidad en sociedades donde las pequeñas transgresiones cotidianas terminan percibiéndose como actos normales, inevitables o carentes de importancia.
En los países que han logrado construir culturas cívicas más sólidas, el respeto por el espacio común no surgió espontáneamente ni fue producto exclusivo de sanciones económicas. Fue el resultado de décadas de educación ciudadana, de normas aplicadas con coherencia y, sobre todo, de la construcción progresiva de una conciencia colectiva según la cual el espacio público es una extensión del hogar y no un territorio ajeno.
El Perú necesita avanzar hacia esa dirección. Ello exige fortalecer la educación cívica desde las escuelas, pero también promover campañas sostenidas de sensibilización y garantizar que las normas municipales se cumplan efectivamente. Resulta difícil exigir civismo en ciudades donde escasean contenedores, donde el recojo de residuos es irregular o donde la informalidad urbana transmite la sensación de ausencia de autoridad.
Sin embargo, ninguna política pública será suficiente si no existe también una transformación individual. La construcción de ciudades más limpias, ordenadas y humanas depende, en gran medida, de pequeños actos cotidianos que suelen pasar inadvertidos: respetar una fila, cuidar una plaza, evitar el ruido innecesario o guardar un residuo hasta encontrar dónde depositarlo. Son acciones simples, incluso mínimas, pero constituyen el fundamento silencioso sobre el cual descansa toda convivencia civilizada.