Opinión
Cada proyecto bien concebido representa una salvaguarda para la integridad de la población.
Decano Nacional del Colegio de Ingenieros del Perú
Estos no son eventos aislados, sino riesgos permanentes que cada año ocasionan pérdidas humanas y graves daños a la infraestructura. Ante este escenario, la ingeniería debe ser entendida y ejercida como la disciplina estratégica fundamental capaz de transformar la vulnerabilidad en resiliencia, anticipándose al desastre mediante criterios técnicos rigurosos.
Históricamente, el país ha mantenido un enfoque predominantemente reactivo, priorizando la respuesta pos-tragedia sobre la planificación anticipada. Sin embargo, la experiencia internacional y la evidencia técnica global son contundentes: la prevención y la planificación técnica son las herramientas más eficaces para mitigar el impacto de las catástrofes.
En este cambio de paradigma, el rol del ingeniero peruano es indispensable, pues su contribución abarca múltiples frentes de la gestión del riesgo de desastres. Desde el diseño de ciudades más seguras y la construcción de infraestructura resiliente, hasta la evaluación precisa de suelos, riesgos geológicos y la planificación hidráulica avanzada, cada proyecto bien concebido representa una salvaguarda para la integridad de la población.
Uno de los desafíos estructurales más urgentes que enfrentamos como sociedad es el crecimiento urbano desordenado. La ocupación de quebradas, laderas inestables y zonas inundables sin el sustento de estudios técnicos adecuados convierte a miles de familias en poblaciones de extrema vulnerabilidad frente a eventos que, en su gran mayoría, son previsibles.
Por ello, la planificación territorial basada en criterios de ingeniería debe consolidarse como una política pública prioritaria y vinculante. Asimismo, la infraestructura pública –puentes, hospitales, carreteras y sistemas de drenaje– debe ejecutarse bajo estándares de excelencia que consideren escenarios climáticos cada vez más extremos.
La ingeniería moderna ya cuenta con el conocimiento, así como de herramientas tecnológicas de vanguardia para modelar estos escenarios y diseñar soluciones sostenibles que garanticen la continuidad de los servicios básicos.
Para lograr este objetivo, es imperativo fortalecer la gestión del riesgo de desastres desde el Estado. La participación de profesionales colegiados y especializados en los procesos de planificación, evaluación y supervisión de obras públicas es la única garantía de que las decisiones gubernamentales posean un sustento técnico sólido y una visión de largo plazo. En este contexto, el Colegio de Ingenieros del Perú reafirma su compromiso inquebrantable de aportar conocimiento técnico y propuestas concretas que contribuyan a reducir la fragilidad del país.
Muy conscientes de esta responsabilidad, hemos constituido la Comisión Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, así como comisiones regionales en cada Consejo Departamental, que actúan como órganos técnicos especializados para orientar nuestro accionar institucional en esta materia y brindar asesoría a las entidades públicas de los tres niveles de gobierno, promoviendo la incorporación efectiva de criterios de gestión del riesgo en sus programas y proyectos de desarrollo. Nuestra orden profesional está preparada para liderar el diseño de políticas públicas y la ejecución de infraestructura segura que el Perú demanda.
Debemos entender que la prevención no es un gasto corriente, sino una inversión estratégica a largo plazo, que protege el patrimonio y el desarrollo de la nación. Cada recurso destinado a la mitigación del riesgo no solo ahorra ingentes sumas en procesos ulteriores de rehabilitación y reconstrucción, sino que, primordialmente, preserva lo más valioso: la vida humana. El Perú debe avanzar con firmeza hacia una cultura de prevención cimentada en la ciencia y la tecnología.