Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Solo se puede responder a dicha interrogante vargasllosiana si admitimos que el ente peruano es una entidad distinguible. Su identificación requiere de parámetros específicos; es decir, de las variables que delimitan la frontera de lo peruano. Este asunto ha suscitado un intenso debate que ha movilizado tanto a intelectuales como a decisores políticos. Se trata, por cierto, de una cuestión sumamente compleja y no exenta de riesgos profundos.
Diversos intelectuales han debatido extensamente sobre esta genealogía, estableciendo cortes interpretativos con consecuencias contradictorias. Algunos extienden esta línea temporal milenios atrás, como si el Perú contemporáneo fuese la consecuencia natural de una gran matriz cultural debido a la coincidencia geográfica. Incluso, conciben este proceso como una escena de paz y armoniosos intercambios culturales, bajo la tesis de que todo tiempo pasado fue superior.
Otros han optado por «incaizar» al Perú, explicando su origen exclusivamente en clave incaica y equiparando dicho pasado con una etapa gloriosa y perdida. En estos ejercicios de nostalgia imperial, incluso han planteado el retorno a una época en la que supuestamente se habría eliminado toda forma del mal: una suerte de paraíso extraviado al cual aferrarse en los momentos más oscuros de la convivencia republicana. No obstante, estas posturas no suelen distinguir entre los hechos verificados y los artilugios o caprichos simbólicos que algunos utilizan como estratagemas personales y políticas.
Asimismo, existen sectores que interpretan la etapa virreinal como una época de gloria, sugiriendo que la identidad peruana alcanzó su plenitud bajo la condición de colonia europea. En esta visión, el gozo de la subyugación se percibe como un estatus de privilegio que aún se anhela y que sobrevive en prácticas de vasallaje resistentes al cambio. Varios de estos «espíritus virreinales» persisten en la actualidad, configurando la peruanidad como un sistema de sometimiento. Para esta perspectiva, el Perú es una invención hispana explicable únicamente desde dichas fuentes culturales y cronológicas.
No obstante, el proyecto republicano ofrece otra vía para esclarecer esta tensión. Sin embargo, la dilucidación nos remite nuevamente a la construcción de los criterios que definen la peruanidad. Se ha señalado que la agenda criolla original fue excluyente, pues no integró a la mayoría de los habitantes en su plan anticolonial. Durante el siglo XIX, la migración alcanzó tal magnitud que transformó profundamente al país naciente. Por ello, cualquier explicación de lo peruano que omita el poder renovador de los inmigrantes resulta irresponsablemente incompleta. Por eso, lo peruano sigue siendo un desafío y una oportunidad de reconocimientos mutuos.