• SÁBADO 23
  • de mayo de 2026

Opinión

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APROXIMACIONES

La vulnerabilidad del sector cultural

Quizás este sea el momento de articular esfuerzos para evidenciar los aportes de la cultura.


Editor
Mgtr. Alberto Requena Arriola

Profesor de la carrera de Historia y Gestión Cultural. Universidad de Piura


Al menos dos preguntas precisan respuesta: ¿por qué la cultura, sus sectores y sus profesionales son tomados a la ligera? ¿Es posible afirmar que el sector cultural es vulnerable? Indaguemos un poco. Por ejemplo, cuando existen crisis económicas una de las carteras que suelen mirar para considerar su desaparición, o en el mejor de los casos, su fusión es la de cultura. Países como España, Ecuador o Bolivia han atravesado esa experiencia en los últimos años. ¿Qué hace que los gestores públicos, los líderes políticos o, inclusive, los de los gobiernos afirmen que la cultura puede correr esa suerte? ¿Será acaso que esta se percibe como algo irrelevante?

En el 2009, una encuesta del IOP de la PUCP recogía una serie de respuestas a la pregunta: ¿A cuál de las siguientes ideas asocia usted con el término “cultura”? Un 37% de los encuestados la relacionaba directamente con el “nivel de conocimientos de una persona”, un 26% con “el conjunto de conocimientos, actividades y expresiones del ser humano”, otro 17% la vinculaba con “los buenos modales de una persona como el respeto y la cortesía”. Más abajo, con porcentajes entre el 4% y el 6%, aparecían referencias al “modo de ser de una persona”, el “conjunto de actividades artísticas”, y “toda creación del ser humano”. En realidad, todas las respuestas son correctas. Quizás, lo llamativo sea que la respuesta mayoritaria la vincule con un aspecto propio de la educación humana: los conocimientos.

Si no se percibe la cultura como una necesidad básica de la persona es posible que se le coloque en otros espacios menos relevantes. En economía y sociología suele utilizarse la Pirámide de Maslow para explicar la teoría de las necesidades. En la base están las más relevantes, aquellas que afectan la vida fisiológica sin las cuales moriríamos. En el segundo nivel están las de seguridad. En el tercero, las que responden a la vida afectiva de la persona. En la cuarta, las que se vinculan al reconocimiento social; y, en la cúspide se ubican las necesidades asociadas a la autorrealización. Es aquí donde se sitúa las necesidades de leer, escribir, ver una película, asistir al teatro, viajar o pintar un cuadro. Desde esta óptica, la cultura es todo lo que se debe aspirar luego de satisfacer las necesidades básicas. La cultura en su sentido de artes y patrimonio no podría (no debería) situarse en la base de la pirámide.

Además, hay que tener en cuenta las evidencias. ¿Cómo demuestro que la cultura es “útil”? ¿Es posible sostener que su impacto se puede medir? Un grave problema para resolver lo anterior son los estudios de impacto; sin embargo, son costosos y no están al alcance de pequeños centros culturales, museos estatales o ferias de libros. Realizar mediciones presupone una inversión que muchas instituciones culturales no pueden afrontar. Un caso excepcional es Sinfonía por el Perú, del destacado tenor Juan Diego Flórez. El llamado “Efecto sinfonía” demostraba que los niños y jóvenes expuestos a la música mediante programas bien diseñados logran aumentar su autoestima en un 30%. Otro 34% incrementó su gusto por el trabajo en la escuela, mientras que un 29% redujo sus conductas de riesgo y agresividad. Así mismo, hubo una disminución de un 75% de embarazo adolescente y hasta en un 51% en el uso del castigo físico.

Quizás, este sea el momento de articular esfuerzos para evidenciar los aportes de la cultura. Sin embargo, es oportuno señalar que los trabajadores culturales tienen el enorme reto de no caer en miradas románticas sobre el fenómeno cultural. Se necesita un lenguaje profesional que permita transferir esas evidencias a tomadores de decisiones, gobernadores municipales e incluso funcionarios del Ministerio de Economía y Finanzas. Es probable que, la vulnerabilidad del sector cultural dependa también de la forma y claridad para expresar el valor social y económico que poseen las artes y el patrimonio en nuestra cotidianidad.