• MIÉRCOLES 27
  • de mayo de 2026

Opinión

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Reflexiones

Radiografía de una fractura histórica


Editor
Ricardo Montero

Periodista


Pese a ese repliegue, un día nos contó que su madre lo había traído al mundo en su propia cama, entre el bullicio de cabras, carneros y burros, animales con los que convivían en su casa. Lo escuchábamos, pero éramos incapaces de entender su universo. Al final de cuentas, nosotros éramos muchachos de Lima que convivíamos, a lo sumo, con perros, gatos y, de vez en cuando, ratones.

Esa vida rural terminó cuando sus padres decidieron que era tiempo de que dejara Coracora, a más de 3,000 metros de altura, para buscar un mejor futuro en Lima, al ras del océano. Lo matricularon en una gran unidad escolar.

Pero las ansias de progreso chocaron con el acoso implacable por su origen y su acento. Las aulas se transformaron en un territorio hostil, donde su acento andino no encontró empatía, sino la crueldad de un rechazo colonial que lo empujó a abandonar el colegio. No supimos más del compañero coracoreño. Sin embargo, estoy convencido de que se marchó cargado de resentimientos y desconfianzas justificadas.

El destino de Roberto es la radiografía de una fractura histórica con gran parte del interior del país, alimentada por décadas de centralismo, desigualdad y exclusión. Muchos compatriotas del mundo andino sienten que ellos y sus problemas siempre han sido observados con distancia, prejuicio e indiferencia.

Pero reconocer estas deudas históricas no significa aceptar que el país deba avanzar hacia la confrontación permanente, convirtiendo demandas legítimas de inclusión en relatos de enfrentamiento irreconciliable entre “ellos” y “nosotros”. Es clara la urgencia y necesidad de combatir el racismo, reducir la desigualdad y descentralizar el país, pero esos objetivos deben construirse fortaleciendo ciudadanía común y no promoviendo divisiones aún más profundas.

El desafío no consiste en negar nuestras diferencias, sino en impedir que esas diferencias nos enfrenten y nos desborden porque cuando la dignidad de un ciudadano se rompe, perdemos todos. La política debe buscar acuerdos mínimos de convivencia y alejarse del resentimiento, la enemistad y la polarización. Lo contrario es deteriorar la democracia y la posibilidad de que la confrontación llegue a las calles. Y cuando eso ocurre, nadie termina ganando.

Aunque jamás me sumé a quienes acosaban a Roberto, ni concuerdo con quienes hoy discriminan, no puedo evitar sentir el peso de haber sido el testigo que calló. Por eso, desde este modesto espacio, le pido perdón a Roberto, y por medio de él, a los millones de peruanos que por su origen o lengua siguen siendo empujados al silencio.