Opinión

Profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Piura
Para reflexionar sobre este punto, podemos evaluar la relación entre el carácter del individuo y algunas manifestaciones en el tejido social. En el Perú existen problemas estructurales graves. La pérdida de fondos públicos por corrupción representa cerca del 2.7% del PBI, según datos de la Contraloría General de la República; los índices de violencia contra la mujer, en edades de 15 a 49 años, aún afectan al 25.5% (Informe de Brechas de Género 2025, del INEI); y la trata de personas mantiene una tendencia al alza. Asimismo, en el ámbito de las organizaciones, las relaciones humanas se entorpecen por el abuso de autoridad, el debilitamiento del clima laboral y el acoso laboral sexual que en el país afecta al 14% (Informe ELSA 2025).
La persistencia de estos males significa pérdida de oportunidades, afectación a la salud mental, deterioro de la productividad y de la paz social. Si bien sabemos que las causas de esta crisis son múltiples y requieren un rediseño profundo, no podemos ignorar el factor humano porque las transgresiones las cometen las personas y no las instituciones. Las competencias técnicas por sí solas resultan insuficientes si no están guiadas por una vida virtuosa que encauce adecuadamente tendencias como el deseo de tener, de placer y de poder; la falta de formación conduce al desorden e incluso al delito.
Esas tendencias se manifiestan en la vida personal. En primer lugar, respecto al tener, es indudable que el derecho a la propiedad es esencial para forjar un proyecto de vida digno. Sin embargo, cuando el afán de posesión se desborda en las autoridades, se degenera en avaricia y la transgresión de los derechos ajenos. Es lícito aspirar al bienestar material, pero debemos recordar que hay mayor potencial transformador si nos ocupamos del crecimiento del ser antes que del tener.
En segundo lugar, frente a la búsqueda del placer, cabe recordar que la vida no puede reducirse a la satisfacción de apetitos concupiscibles o a la huida del dolor. Ya lo advertía Viktor Frankl: la búsqueda desmedida de placer, dinero y el poder va de la mano con la pérdida del sentido de la vida. Comprender que hemos sido llamados a un propósito superior cambia nuestra perspectiva: la tarea del servidor público es un acto de donación. Se trata de abrirse al otro para acogerlo y respetarlo; y de facilitar ámbitos que viabilicen una igualdad de oportunidades y optimicen el desarrollo de capacidades para forjar proyectos de vida valiosos.
En tercer lugar, la ambición de poder por el poder mismo es una tendencia altamente destructiva. La búsqueda desmedida de alcanzar una jefatura corrompe a la persona y daña profundamente a las instituciones, derivando en vanidad, autoritarismo y descrédito. Esto genera estrés en los equipos de trabajo, daña la reputación de las organizaciones y dificulta el desarrollo. En contraposición, un líder forjado en la excelencia asume el poder con compromiso edificante: cuida la unidad, administra los recursos con eficiencia, defiende los derechos ciudadanos y cohesiona esfuerzos. El poder no tiene un valor intrínseco; su verdadera trascendencia radica en la sabiduría con la que se ejerce.
Construyamos una sociedad que valore el cultivo de las excelencias personales. Exijamos que el gobernante incremente su inteligencia estratégica y virtudes. El dominio de saberes técnicos se puede conseguir con instrucción y en corto plazo; en cambio, la virtud moral exige fuerza de voluntad, constancia en el tiempo y discernimiento.
Finalmente, un gobernante también debería tener derecho a una vida virtuosa. Para ello, hace falta mejorar la calidad de las organizaciones, las leyes y el civismo. Esto lo tiene que liderar alguien y, en coherencia con la premisa de que el acto sigue al ser, resulta más plausible un cambio liderado por una persona virtuosa que por manifestaciones viciosas.