Opinión

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
En pocas palabras, la coexistencia de lo que hasta ahora hemos llamado con cierta firmeza como lo real se resquebraja frente a la irrupción de múltiples realidades cuyas líneas cada vez podemos distinguir menos. Por lo tanto, estamos frente a uno de los grandes desafíos en toda la historia de la humanidad, porque es también la delegación de los procesos con los cuales hemos concebido las soluciones: delegamos a un instrumento cuyos horizontes éticos apenas son distinguibles.
Y en esos indicios se esconde una agenda: bajo el camuflaje de ayudar a la humanidad, la redefine. No solo en su sentido ontológico, sino también porque hay un giro epistémico de tal magnitud en el que se desplaza la generación del conocimiento para fabricarlo masiva y rápidamente. Así, en una plataforma que combina sin validación diferentes fuentes, orienta además a gran parte de los usuarios a decisiones cuyos filtros son apenas percibidos. Por lo tanto, el escenario hacia el cual estamos avanzando diluye esta línea todavía distinguible, para ser absorbida por una agenda camuflada de reorientación del propio sentido de la humanidad como civilización global y final.
Por supuesto, hay algunos que trazan consecuencias extremadamente apocalípticas y otros que más bien lo asumen como una herramienta tecnológica más que facilita la producción. Ambos argumentos, ampliamente difundidos, tienen parte de la razón porque al reconfigurar el orden del aprendizaje y la validación de este en un sistema que aparentemente democratiza su acceso, se encubre una segmentación previa tejida por sesgos ocultos. Se hace pasar por data objetiva lo que ha sido seleccionado y orientado.
Frente al crecimiento exponencial del uso de esta tecnología, podemos contraponer una lectura crítica, persistentemente observadora y no claudicante de esta lógica cuyas implicancias apenas avizoramos. Por ello tenemos aún una oportunidad de poner los candados para que no sea un despropósito, un arrepentimiento colectivo o un punto de no retorno que haga tardía cualquier reacción.
Nuestra tendencia hacia un optimismo exacerbado, nos puede hacer cometer el más grande de los errores: el no administrar, bajo premisas éticas con parámetros humanos, las condiciones con las cuales va a avanzar el conocimiento. Hay que gestionar inteligentemente el enorme potencial, alineándolo al bien de la humanidad. En ese sentido, es imprescindible revisar nuestros protocolos de uso, tanto de manera personal como corporativa, aunque nos veamos tentados por la automatización y la desburocratización.