Opinión
Periodista
Nadie imaginaba entonces que su vida sería muy breve. Treinta años después, en 1986, murió en la cama 10 de otro hospital en algún lugar de la región, víctima de una extraña enfermedad que en aquel tiempo despertaba temor, desconcierto y profundos prejuicios.
Simón fue criado bajo la mano dura y la severidad que predominaban en muchos hogares latinoamericanos del siglo pasado.
El propósito siempre fue convertirlo en un ‘hombre de verdad’, fuerte, masculino, en ‘un gran varón’.
Pero las expectativas familiares comenzaron a derrumbarse cuando decidió abandonar su casa y viajar al extranjero, donde cambió su forma de caminar y empezó a usar falda, lápiz labial y un carterón.
Había dejado de ser el hijo que su padre esperaba. Y este, según cuenta la historia, dejándose llevar por lo que decía la gente, decidió no hablarle más y lo abandonó para siempre.
Aunque el personaje es ficticio, cobra un realismo estrujante al percatarnos de que han transcurrido exactamente 45 años desde el 5 de junio de 1981, fecha en la que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos reportaron la aparición de una rara forma de neumonía en varones de California.
Los médicos se enfrentaban a un fenómeno desconocido. No sabían si estaban ante un tipo de cáncer, una infección inusual o el anuncio de una nueva y devastadora amenaza para la salud pública.
Lo curioso es que todos los afectados eran gais, hecho que un mes después lo destacó The New York Times con un titular que marcaría la época: “Rare cancer seen in 41 homosexuals (Se observa un raro cáncer en 41 homosexuales)”.
El reportaje señalaba que todos los afectados eran hombres de Nueva York y California que se declararon homosexuales.
Simón también lo era. Y aunque nunca existió fuera de una canción, su historia terminó reflejando la de miles de personas reales que enfrentaron no solo un virus implacable, sino también el rechazo familiar, la condena social, el peso de los prejuicios.
En el verano de 1986, según la historia inmortalizada por la salsa compuesta por Omar Alfanno e interpretada por Willie Colón, el paciente de la cama 10 dejó de respirar, y nadie lo lloró.
Hoy, cuatro décadas después de su partida lírica, a Simón lo hemos convertido en un personaje histórico imaginario que envejece junto con América Latina.
Bien vale preguntarnos qué habría sido de Simón si hubiera ‘nacido’ 70 años después, en este 2026, y no en 1956.
¿Habría muerto igual de solo en la cama de un hospital? ¿Su padre lo habría rechazado con la misma severidad?
Nos toca responder si en estos 40 años de su ‘fallecimiento’, nuestra sociedad latinoamericana ha cambiado de verdad o solo en apariencia.