• LUNES 8
  • de junio de 2026

Opinión

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REFLEXIONES

Vamos por un café


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Universidad Científica del Sur


El café, idealmente cultivado en el Perú, es el punto con el cual se activan mecanismos de diálogo imprescindibles por su necesaria presencialidad.

Felizmente, cada vez hay más lugares en nuestra megaciudad que invitan a este retorno a la intimidad urbana y a la recuperación de espacios físicos donde se intercambian pareceres.

En un universo de hegemonía virtual y anonimatos exponenciales, encontrarnos alrededor de una taza de café es una exigencia humana para mantener los vasos comunicantes que ratifican nuestra característica sentimental conjunta. Emociones abrazadas a la urgente compañía, bajo el bello pretexto de tomar un café que funciona como un ritual imprescindible en estos tiempos de frías velocidades y del abandono sistemático de los vínculos.

En esa mutua ceremonia se restablecen los lazos, las conexiones renacen y surge una esperanza; el nexo se organiza bajo una nueva consolidación, y la unión, alguna vez alcanzada, vuelve con fe sobre aquello que todavía puede ser. Claro, también sirve para las aclaraciones requeridas, para afinar lo incierto y precisar expectativas.

Nuestra humanidad se reinterpreta cuando se sostiene en esta liturgia laica en la que el anhelo reaparece y, acaso, nos reintegra. Se recobra la confianza y se respalda la educación sentimental.

Por eso, en cada sorbo brota también la devoción por el coloquio, por esa plática interminable de revelaciones y enfoques que nos hace mejores. Nos da la oportunidad del intercambio, de transformar lo rutinario en una opción y lo usual en una alternativa de agenda compartida.

Es decir, hacer algo juntos –incluso si parece una rutina– ya es una ratificación del contacto cercano y de la ilusión alcanzable.

Hay un valor intrínseco en el diálogo y en la apertura para cruzar las aristas desde las cuales se observa el mundo; de la exposición de nuestras ideas y de esa fricción que surge incluso cuando nuestra posición es diferente. Incorporar los canales dialógicos como modo de vida es la prueba evidente de que es factible consensuar.

Entonces, no solo se trata de tomar un café, sino también de mantener las conexiones y valorar la absoluta importancia de hablar, para volver a acercarnos con alegría, vernos, abrazarnos y conversar una y otra vez.