Opinión
Periodista
Es verdad que sobran razones para el repliegue, ya que vivimos bajo una fatiga crónica provocada por la corrupción, la violencia de la delincuencia y la hostilidad diaria de servicios que deberían ser amigables, como la educación, la salud o el transporte público. En ese escenario, ser desconfiado se ha convertido en nuestro chaleco antibalas cotidiano. Sin embargo, cuando convertimos la sospecha en nuestra única política de convivencia, le entregamos el control exactamente a aquello que nos está destruyendo.
Hace casi cuatro siglos, el filósofo inglés Thomas Hobbes advirtió que cuando el ser humano vive sin un pacto social que lo proteja, cae en un estado de naturaleza donde domina la desconfianza crónica y el miedo constante. En ese escenario de “sálvese quien pueda”, la vida -decía- se vuelve solitaria, pobre, brutal y corta.
Hoy, los peruanos parecemos atrapados en una versión moderna de esa distopía. Al demoler la confianza en las instituciones y en el prójimo, hemos regresado voluntariamente a ese estado de “guerra fría”, donde el rival no es un contendor, sino un enemigo mortal al que hay que aniquilar antes de que nos dañe.
Comenzaremos a encontrar la salida de esta situación cuando elijamos escuchar un argumento contrario sin la necesidad inmediata de aniquilar a quien lo pronuncia, cuando alcancemos la capacidad de mirar al diferente no como una amenaza latente, sino como un igual con una carga tan pesada como la nuestra.
Dejemos de buscar la redención en los grandes discursos porque la fe en el otro se recupera o se pierde en la decisión consciente de no sumarnos al cinismo generalizado. Creer en el país no es un destino al que llegaremos, indiferentes, esperando un milagro político. Es la decisión diaria de sostener la puerta para que el que viene detrás no se quede afuera.
El hospital que funciona a medianoche, el maestro que camina horas para dictar su clase, la vecina que organiza una olla común donde el Estado no llega, o el conductor que frena para ceder el paso son la prueba de que la historia no es solo un registro de conflictos. Son esos actos los que nos salvan del estado de enfrentamiento crónico. En el fondo, mientras la suspicacia, el prejuicio y la apatía vuelven la vida solitaria, pobre, brutal y corta; la solidaridad, la tolerancia y el compromiso nos seguirán sosteniendo.