• VIERNES 12
  • de junio de 2026

Opinión

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Un cambio clave en salud mental

El diagnóstico se reconoce legalmente como un proceso colaborativo y multidisciplinario.


Editor
Raúl Franco Mora

Profesor del programa académico de Psicología. Universidad de Piura


Lo que ha cambiado con la ley es la validación jurídica y administrativa. Se ha corregido una omisión de la Ley de Salud Mental anterior que, de manera contradictoria, había excluido al psicólogo de esta función, a pesar de estar estipulada en su Ley de Trabajo (N.° 28369). Esta promulgación marca un hito en la legislación sanitaria peruana al restituir al psicólogo, formalmente, su competencia de diagnosticar.

En consecuencia, el diagnóstico se reconoce legalmente como un proceso colaborativo y multidisciplinario. Se elimina así la exclusividad que pesaba sobre la psiquiatría y se permite que la intervención del psicólogo tenga peso oficial en los informes y procesos clínicos del sistema de salud nacional.

Esta actualización es importante porque si bien los diagnósticos del psiquiatra y del psicólogo son complementarios –ambos comparten el uso de estándares internacionales como el CIE-11 y el DSM-5–, tienen diferencias. El diagnóstico psiquiátrico se centra, principalmente, en la sintomatología clínica y en la fisiopatología; utiliza la historia clínica para determinar cuadros que suelen requerir intervención farmacológica o médica.

Por otro lado, el diagnóstico psicológico es de naturaleza comprensiva y analítica de toda la personalidad, estudiada de manera dinámica (no solo sintomática). Se basa en el informe psicológico, el cual integra el uso de pruebas psicométricas y proyectivas, la observación conductual y el análisis de la estructura de la personalidad y del entorno. En este sentido, el psicólogo no solo identifica un trastorno, sino que también puede hacer un diagnóstico estructural que va mucho más allá de la simple categorización de síntomas (como se hace en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales).

La distinción de los diagnósticos es fundamental, pues mientras el psiquiatra aporta la mirada médica, el psicólogo aporta la profundidad del funcionamiento mental, lo que permite un diagnóstico completo y un tratamiento integral y personalizado.

La ley también plantea desafíos, especialmente en términos de interoperabilidad y diálogo interdisciplinario. No se trata de que cada profesional actúe de forma aislada, sino de articular criterios bajo un modelo biopsicosocial. Esto implica superar jerarquías tradicionales y avanzar hacia una mayor horizontalidad clínica, establecer protocolos claros de derivación –ya sea para manejo farmacológico o intervención psicoterapéutica– y garantizar la ética profesional para evitar el sobrediagnóstico o el etiquetado innecesario.

En el ámbito público, la promulgación de la Ley N.° 32575 mejora el acceso a la atención en salud mental. En EsSalud, el reconocimiento oficial del diagnóstico psicológico agiliza el flujo de atención. Al dejar de ser el psiquiatra el único “cuello de botella” legal, se reduce la burocracia clínica, se facilita una detección temprana más eficiente y se garantiza que el paciente reciba un plan de tratamiento psicológico con respaldo legal. En la práctica privada, la situación es distinta: el psicólogo nunca dejó de diagnosticar, pues esta función constituye la base de su labor terapéutica.

En las universidades estamos frente a un nuevo reto. La preparación de futuros psicólogos debe ser más rigurosa que nunca y se debe fortalecer su formación en psicopatología y psicometría. Además, es imperativo que dominen herramientas diagnósticas (test proyectivos y psicométricos), técnicas de entrevista clínica, psicología del desarrollo y una sólida base en antropología realista. También es fundamental que sean capaces de elaborar informes psicológicos que enriquezcan la visión integral del paciente, en colaboración con otros profesionales de la salud.

También es importante tener en cuenta el enfoque humanista y realista, sin perder de vista que, detrás de un código diagnóstico, hay una persona. Por ello, los profesores deben cultivar una mirada que integre la verdad objetiva del padecimiento con la subjetividad del paciente, tal como sugiere la síntesis de las visiones psicodinámica, cognitivo-conductual y el humanismo existencial, que consideran a la persona como centro y eje de la intervención.